Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos hermanos

Hoy la prefiguración de Jesús perseguido, muerto, y glorificado por el poder del Padre es el profeta Jeremías. También él tuvo lamentos y protestas, cercanos al “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, y también él, como Jesús en el huerto, “sintió terror y angustia”; a Jeremías y a Jesús la fidelidad al Dios que los había enviado les granjeó oposición y planes homicidas: “lo violentaremos y nos vengaremos de él”. Pero la última palabra no es la de los hombres, sino la de Dios, el Dios que no abandona, que es siempre Dios de vida, y tanto Jesús como Jeremías le cantan agradecidos, porque “libró la vida del pobre de manos de los impíos”.

La discusión de Jesús con las autoridades judías nos llega, también hoy, modelada en la horma de las tensiones entre la iglesia joanea y el judaísmo del que procede. Con razón dice el Vaticano II que los evangelistas transmitieron los dichos y hechos de Jesús “adaptándolos a la situación de las diversas Iglesias” (DV 19). A los cristianos se les recuerda lo de Jesús no por curiosidad, sino para iluminar su propia situación. Entre los judíos que han creído en Jesús y los que le han rechazado, se abre un abismo insalvable. Para el segundo grupo, el primero niega lo más nuclear de la fe israelita: “escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es solamente uno” (Deuteronomio 6,4). La negación del monoteísmo llevaba aneja la pena de lapidación; y probablemente algunos cristianos de la comunidad joanea fueron apedreados bajo acusación de politeísmo. Ellos supieron que se jugaban la vida, pero no se echaron atrás en su confesión cristológica: al hombre Jesús le reconocieron como Dios. El texto evangélico evita cuidadosamente admitir más de una divinidad; Jesús es divino porque “el Padre está en mí y yo en el Padre”.

Estamos ante profundidades y sutilezas teológicas que superan nuestro entender; nos sentimos más inclinados a adorar el misterio que a especular sobre él. Pero los textos deben interpelar nuestra vida también “racionalmente”. Jesús es el hombre religioso que habla a gentes religiosas, pero no simplemente para confirmarlas en sus formulaciones de fe y en sus costumbres de siempre, sino para hacerlas progresar en el camino que conduce a Dios; y todo enriquecimiento implica alguna innovación y alguna ruptura, alguna renuncia a lo ya sabido, a las propias seguridades.

No solemos estar dispuestos a que alguien mueva los palos de nuestro sombrajo, sobre todo del sombrajo religioso. Esto explica el rechazo de Jesús, que fue cordial, bondadoso y compasivo con sus contemporáneos, pero incómodo espoleador hacia nuevas metas. Ellos eran apocalípticos: esperaban y deseaban una intervención poderosa de Dios en la historia; pero Dios la realizó de forma distinta a como se imaginaban. La encarnación de Dios y su sometimiento a sufrimiento y aparente fracaso va más allá de lo “razonable”. No lo olvidemos en la Semana Santa en que vamos a entrar: para avanzar en nuestro camino hacia Dios, dejemos que algo muera en nosotros y dé paso a algo diferente y más bello.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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