Comentario al Evangelio del

Julio César Rioja, cmf

Queridos hermanos:

Este es uno de los textos que propone el Papa para el Año de la Misericordia, es una parábola muy conocida del Evangelio y quizás de las más cautivadoras. La hemos llamado del hijo pródigo, del hermano mayor, pero la figura central parece el padre misericordioso. Sin duda sorprende ver a un padre tan especial que no guarda para sí su herencia, respeta la libertad, calla y espera. No anda obsesionado con la moral de sus hijos, él aguarda a los perdidos, que: “cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echo al cuello y se puso a besarlo”. ¿Será así Dios?

Todo consiste en volver a la casa del padre, en integrarse a la familia, en convertirse. Para lo cual primero hay que recapacitar, pensar: “Recapacitando entonces, se dijo…”, hay que tener la valentía de mirarse como uno está. Después hay que reconocer el pecado, cuesta mucho decirnos la culpa es mía, reconocer nuestros límites y querer crecer aunque sea en un puesto secundario. Y por último hay que ponerse en pie: “me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré…”. Pero no basta con la reflexión y el cambio interior, no basta con confesar el pecado, hay que rehacer los lazos rotos. El perdón siempre es el encuentro de dos amores: un amor que espera y un amor que vuelve.

Ser misericordioso no significa ser liberal o relejado, significa tener entrañas, por eso el padre repite dos veces: “Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo he encontrado”. Si se pusiera en práctica esta frase del Evangelio, es posible que la imagen de la Iglesia fuera distinta. Después vendrán los abrazos, los besos, la fiesta, el cordero cebado, el baile, el anillo, el mejor traje. El padre devuelve a su hijo la dignidad de hijo y celebra la fiesta de la reconciliación, porque supo volver. ¿Será esto el Reino de Dios?

Hay que dejarse amar, sentirse amado por el padre y como nos dice San Pablo en la segunda lectura, transformarse en un hombre nuevo: “El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo eso viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el servicio de reconciliar. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación”. El amor cambia, saber que somos acogidos y acoger a otros con misericordia, es el mensaje que se nos ha confiado, debemos ser signos de reconciliación.

Pero lo de la fiesta es demasiado, así piensan muchos de los hermanos mayores: “El se indignó y se negaba a entrar”. Hemos separado la fiesta y la alegría de la liturgia y nuestras celebraciones son tan correctas, que sólo los santos de nuestras péanas parecen divertirse. Hay que celebrar a los hermanos que vuelven, que en realidad somos todos, eso es la Pascua, pero como dice nuestro Papa: “Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua” y “Por consiguiente un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral” (Evangelii  Gaudium, nº 6 y 10). En ocasiones parece que no entendemos ni jota del amor o de aquella frase de Jesús: “Hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos, que no necesitan convertirse” (Lc. 15,7).

Por eso, cuando se nos acerca el extraño, el que no piensa y vive como nosotros, decimos: “Ese hijo tuyo…” y el padre nos dice: “Ese hermano tuyo” y “Todo lo mío es tuyo”. El padre invita a los hermanos a acogerse con el mismo cariño, cuesta pedir perdón pero en ocasiones cuesta más perdonar y amar al que sentimos lejos de nuestras maneras de pensar. Y es que sin prejuicios, sin condenas, debemos de ser serios con nuestra propia conciencia; estimulándonos permanentemente al cambio y la conversión y comprensivos con los demás; llenos de ternura y misericordia. Difícil tarea, pero: ¿No será este el secreto de la vida cristiana?

La actitud del padre nos habla de cómo es Dios, la fiesta de cómo es el Reino y la reconciliación del secreto y la salsa de la vida, nuestras comunidades y parroquias deben vivir cada domingo la alegría de los que se reencuentran y se reconcilian.       

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