Comentario al Evangelio del

Pedro Belderrain, cmf

Queridos hermanos,

Todavía me sonrío cuando recuerdo el día, un poco lejano ya, en el que pregunté a mis alumnos (que tenían unos catorce o quince años) si Jesús iba a misa cuando era niño. No todos respondieron con la agilidad esperable ni formularon la respuesta acertada. La enseñanza implica de vez en cuando retar, sobresaltar, provocar para invitar a reaccionar.

El recuerdo me viene al contemplar el texto evangélico de hoy. Con bastante fundamento, y apoyados en textos bíblicos y consideraciones teológicas bien hermosas, solemos asociar el nacimiento de la Iglesia con el Misterio Pascual. La efusión del Espíritu sobre los discípulos reunidos con María, la Gracia que brota del costado abierto del Salvador dan a luz a la Iglesia. Pero también es verdad que ésta se había ido gestando ya en la experiencia que Cristo itinerante comparte con sus discípulos.

El texto de hoy es uno de esos que nos acerca al nacimiento de la Iglesia, comunidad misionera: Jesús envía a los Doce, a los que reviste de su autoridad, y les encomienda el anuncio del Reino. El Espíritu del Maestro les habilita para ser cauce de los mismos signos que Marcos ha ido constatando en Jesús: los demonios dejan de molestar a los hijos de Dios y muchos enfermos alcanzan la curación. Si leemos los versículos con que Marcos cierra su obra (16, 15-20) encontraremos palabras parecidas aplicadas a nosotros, los discípulos que hemos venido después: “en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes…”.  Me atrevo ahora a citar a Juan. Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos: muchos hermanos nuestros han hablado y hablan esas lenguas; otros han sobrevivido a las serpientes, han echado los demonios. Han estado y están entre nosotros: son hombres y mujeres que han perdonado lo que parecía imperdonable, que han resistido limpios a todo tipo de corrupción, que han servido y servido sin esperar aplauso alguno…

A menudo somos como esos niños que quieren ganar todos los partidos sin entrenar. Envidiamos a aquellos primeros discípulos acompañados por los signos del Señor pero no nos aplicamos los versículos anteriores: ¿cómo andamos de dinero suelto, de alforja, de túnicas de repuesto…? Para que el sol nos caliente tenemos que abrir las ventanas; ¡no obliguemos al Señor a demasiados milagros!

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