Comentario al Evangelio del

Conrado Bueno, cmf

Queridos hermanos:

Palabras duras de Jesús, que nos golpean: “Pero, ¿quiénes son mis madre y mis hermanos?”. Ya sabemos que Jesús nunca tiene un estilo almibarado -¡Es profeta!-. Aun así, hay momentos en los que el choque es más fuerte. Porque estaba allí su madre. De entrada, hacemos un quiebro y miramos a María, su madre. ¿Cómo va a tener un sentido “duro”, delante de ella? Ella, la mujer del sí en la encarnación, la mujer creyente y discípula, abierta siempre al querer de Dios, que mantuvo la fe, aun en horas de noche oscura; hasta lo había engendrado antes en su corazón, por la fe, que en su seno maternal.  María es la Madre del “Verbo”, de la Palabra, ¿cómo no iba a ser toda para la escucha, para el discipulado? Y, efectivamente, miramos a María, y se allanan nuestras extrañezas.

En el sentir del pueblo judío la maternidad era la gloria suprema para la mujer. Una mujer estéril llevaba un estigma. Cómo se repiten, en la Biblia, los milagros de Dios, que hacen germinar vida en un vientre seco. Pues, a pesar de lo excelso de la maternidad biológica, Jesús apunta más alto. Sin rebajar su valor, nos hace una pedagogía o catequesis de la nueva familia del Reino. Más que los valores de la sangre, está la fe, la voluntad de Dios, escuchar y cumplir la palabra. Somos hijos del Padre de los creyentes, de Abraham. (No hace falta repetir que, en la Biblia, bajo el nombre de hermanos, caben los primos, los tíos y otros familiares).

Nosotros somos la nueva familia del Reino. Somos su familia, la familia de Jesús. Somos hermanos de Jesús e hijos del Padre del cielo. Todos podemos rezar juntos el Padrenuestro. Ya sé, ¡Ay!, que todo pueda quedar, a veces, en pura doctrina, en respuesta seca de catecismo. Invitémonos a vivirlo, a hacerlo carne. A que se manifieste en nuestra palabra y obras.  Solo así, este ser de la familia de Jesús nos colmará de alegría, “Alegría del evangelio”. Poseemos muchas experiencias de comunidades que no vienen de la sangre u otros intereses sino de buscar la voluntad de Dios, siguiendo más de cerca a Jesucristo. Ejemplo más claro será la Vida Religiosa, presente en la Iglesia en todos los tiempos, en todas las geografías, y en cantidad innumerable. La familia de Jesús hace de la Palabra su vida, sobre todo en la celebración de la Eucaristía compartida. Como un corolario, se me ocurre decir: Si el título de madre biológica no es lo definitivo, ¿por qué estaremos pegados, también  los seguidores de Jesús, a otros títulos mundanos, de los que, ya hace años, prometimos sacarlos de la Iglesia?

Pero quedémonos con el gusto de ser y llamarnos de la familia de Jesús.

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