Comentario al Evangelio del

Fco. Javier Goñi, cmf

Queridos hermanos:

Jesús sigue haciendo signos de la cercanía del Reino, signos eficaces de que con Él está el poder de Dios, capaz de acabar con el mal. En esta ocasión se trata de un leproso. De nuevo, un encuentro personal, de tú a tú, concreto y real, en el que una persona pone su realidad de sufrimiento y muerte en manos de Jesús, que a su vez establece una relación liberadora y sanadora con aquel.

La lepra era la peor enfermedad conocida de la época: era horriblemente destructiva; convertía a quien la padecía en agente transmisor de contagio; y por ello inevitablemente era condenado al aislamiento social y a la cuarentena permanente. Como toda enfermedad, para colmo de males, era considerada castigo de Dios por el pecado. El leproso, aislado, excluido y herido de muerte por la cruel enfermedad, se sentía además rechazado por Dios.

Pero el leproso del evangelio, consciente de su lastimoso estado, confió en Jesús y decidió acudir a Él. Se acercó y de rodillas le rogó que le limpiara con una súplica magistral llena de reconocimiento, esperanza y humidad. Esa actitud alcanzó a Jesús en el alma hasta el punto de conmoverlo y reaccionar actuando inmediatamente en su favor. A Él le parte el corazón ver una vida humana destrozada y condenada al aislamiento y al infortunio. Y reacciona devolviendo la salud y reinsertando en el tejido religioso y social.

El poder de Dios, presente en Jesús, actúa sanando y liberando. No sólo de una enfermedad grave: su acción salvífica restituye al alejado por el mal a la comunidad social, perdona el pecado y devuelve la amistad con Dios. El salvado por Jesús vuelve a saberse miembro de la comunidad de la Promesa y vuelve a saberse amado por Dios, su Padre. Y el Plan de Dios, la felicidad plena para todos sus hijos, se abre de nuevo en el horizonte. Es la Salvación actuada por Jesús; es el Reino que ya está cerca…

Hemos sido creados para vivir en la plenitud de hijos de Dios y para convivir con otros desde el amor y el servicio. Pero todos hemos sido tocados por la lepra del pecado, del mal, que nos aleja del Amor del Padre y de la comunidad de hermanos, aislándonos en nuestro ego solipsista y centrado en sí mismo. Sólo Jesús puede salvarnos, liberarnos. Necesitamos hincarnos de rodillas ante Jesús, confiarnos a Él, pedirle de corazón que nos transforme en hombres y mujeres nuevos: “Si quieres, puedes limpiarme”.

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