Comentario al Evangelio del

Fco. Javier Goñi, cmf

Queridos hermanos:

A lo largo de la semana vamos a estar contemplando al Señor en los primeros tiempos de su actividad pública. Ayer escuchábamos cómo comenzó a anunciar la Buena Noticia, cómo empezó a invitar a la conversión y cómo llamó a los primeros discípulos. También desde el comienzo de su misión, Jesús acompañó su anuncio de la cercanía del Reino y del Amor de Dios con signos que validaran su pretensión: ¡con Él había llegado la Salvación de Dios! Y ahí le tenemos, ya desde el comienzo de su predicación, curando enfermos, en concreto hoy a un hombre que tenía un espíritu inmundo.

La razón de ser de los milagros de Jesús no fue otra que mostrar con signos tangibles que efectivamente en Él estaba el poder Salvador de Dios, que Él era el enviado de Dios. No parece que sea casualidad que la primera curación de Jesús en el Evangelio de Marcos sea precisamente la de un endemoniado. El poder del mal se manifiesta de muchos modos: en desastres naturales, en la enfermedad, en el pecado, en la muerte… Y en todos esos ámbitos de destrucción del ser humano y del Plan de Dios se hará presente Jesús mostrando el Poder del Amor del Padre presente en Él. Pero quizá sea en los poseídos por el mal (fueran verdaderos endemoniados, o simplemente pacientes de enfermedades mentales graves) en quienes con más claridad los judíos de entonces podían ver la fuerza del mal y el daño que podía hacer en un ser humano. Jesús quería mostrar con claridad que realmente Él era quien pretendía ser: el Hijo enviado para Salvar al Mundo. Y qué mejor que hacerlo precisamente con aquellos que más podían sufrir a los ojos de los que le veían actuar y le escuchaban.

Hoy día es la Iglesia la que continúa la misión salvadora de Jesús, haciéndole presente en medio del mundo. Tendremos que seguir haciendo gestos que hagan creíble nuestro mensaje, y especialmente allí donde con más fuerza a los ojos de los hombres y mujeres de hoy parece triunfar el mal: en las guerras sanguinarias e interminables, en la miseria y el hambre y la muerte provocados por el desigual reparto de las riquezas de la Creación, o en las tragedias vividas por tantos inmigrantes sin recursos y excluidos, o en tantas familias que quedan sin trabajo, recursos, vivienda en medio de nuestra opulencia… Ahí la Iglesia se hace presente, y debe seguir haciéndolo cada vez más, para llevar esperanza, consuelo, paz y transformación real. Sólo así seguiremos haciendo gestos creíbles de que el Reino ha llegado con Jesucristo.

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