Comentario al Evangelio del

Juan Carlos Martos, cmf

Queridas amigas y amigos:

El pasaje evangélico de hoy relata un milagro, que resulta especial por el hecho de ser el cuarto y último de los realizados por Jesús camino de Jerusalén. San Lucas, con la curación del ciego, confirma el cumplimiento cabal del programa que Jesús presentó en la sinagoga de Nazaret identificándose con el texto de Is 61. Él ha venido, en efecto, a "dar vista a los ciegos". Nos fijamos ahora en tres palabras que son claves en este texto lucano: Ciego, camino y grito.

  • Un ciego. Las personas que sufren algún tipo de disminución y no pueden valerse por sí mismas acaban siendo vagabundos y mendigos. En cierto sentido todos tenemos algo de inválidos. Siempre hay algo que no puede hacer incluso quien se siente capacitado para hacer muchas cosas. Desde esa perspectiva, el ciego del relato nos representa: Todos somos como ciegos. La ceguera provoca que la realidad se vuelva oscura y, lo peor, amenazante. Lo que rodea a un invidente constituye un peligro real: puede perderse, tropezar, lastimarse, caer. La ceguera tiene un claro sentido simbólico de limitación y riesgo. Alude a tantas personas que se sienten perdidas, sin sentido y sin dirección hacia donde encaminar sus vidas. Son personas que suelen acudir a los bordes de los caminos buscando ayuda de quienes transitan por ellos.
  • Al borde del camino. Los caminos son lugares frecuentados por mendigos e indigentes. Por ellos pasa gente llevando consigo algunas monedas de poco valor. Con ellas no pueden adquirir casi nada y, por ello, fácilmente las reparten como limosna. Desde una perspectiva de profundidad debemos admirar e imitar a aquellos mendigos habilidosos y sagaces que junto al camino, advierten el paso de otros y consiguen recibir de ellos todo lo que pueden. Una actitud similar nos permitiría recoger a lo largo de cada jornada mucha sabiduría para vivir. Es la atención activa la que actúa como un radar de lo valioso que nos sale al paso en los caminos de la vida. 
  • El grito de la misericordia. Nuestro ciego, al tener noticia de que pasaba Jesús, gritó insistentemente. Cuando alguien pide algo a gritos es que lo necesita mucho. Este ciego no pedía una limosna, ni recuperar la vista, ni nada en concreto. Se dirigió directamente al corazón de Cristo implorando misericordia: “Hijo de David, ten compasión de mi". Desobedeció a quienes le mandaban callar y su grito provocó el diálogo con Jesús, su sanación y el seguimiento (por este orden). Un primer impulso nacido de la precariedad le alcanzó la visión, la dicha, la fe. Había nacido un apóstol. Y consiguió que otras gentes, al verle y escucharle, alabaran también a Dios.

Juan Carlos Martos cmf

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