Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez, cmf

 

      No podía ser de otra manera. Algunos quieren imaginarse la venida del reino de Dios con luces y fanfarrias, bandas de música y entradas triunfales, multitudes aclamando y... Nada de eso. No puede ser que el reino de Dios venga de una manera diferente a como lo hizo el hijo de Dios. 

      Hay que recordar el nacimiento de Jesús. Desde la concepción con la colaboración de una humilde doncella nazarena hasta el nacimiento en una cueva donde se guardaban los animales en el invierno. Nada de lo que rodea el nacimiento de Jesús tiene aires grandiosos ni triunfales. Nazaret, de donde era o donde vivía María, era un pequeño pueblo, mísera aldea de la época, de Galilea, aquel territorio fronterizo que no era del todo judío ni del todo pagano. Sus habitantes, como siempre pasa con los habitantes de la frontera no eran ni de un lado ni del otro. Ni de ninguno. ¿Y que cosa menos triunfal que el nacimiento de Jesús? ¿Han pensado en la cueva? Porque en nuestros belenes todo es muy romántico pero la realidad debió ser mucho menos glamurosa. Empezando por el olor. Ni de lejos el mejor de los sitios para dar a luz al hijo de Dios. 

      Es que Dios quiso entrar en este mundo sin hacer ruido. Se hizo uno de nosotros de verdad, de los normales, de los de a pie. No nació en un gran palacio ni nada parecido. Luego su vida circuló por lugares parecidos. Lo suyo fueron los caminos entre Jerusalén y Galilea. Lo suyo fueron los pueblecitos, las calles, la gente sencilla, los leprosos, los marginados. Ahí estuvo todo el tiempo. 

      Por eso el reino tampoco hace ruido ni llama la atención. Se hace presente en el corazón de las personas que son capaces de amar, de perdonar, de ejercer la misericordia. El reino está allá donde una persona siente los dolores y penas del otro como suyos. Cuando, como el buen samaritano, recoge del camino al hombre herido y apaleado, lo cuida y luego cuando se va, le dice al posadero: “CuídaMElo”. Se lo dijo porque sentía verdaderamente que el herido era suyo, era carne de su carne. Pues bien, cada vez que sentimos así al hermano o a la hermana que sufre, el reino se hace presente en nuestro corazón. Es como una chispa que se enciende y que poco a poco va incendiando el mundo con el amor de Dios. Porque esa y no otra es la manera de ser de Dios, de nuestro Padre Dios.

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