Comentario al Evangelio del

Carlos Latorre, cmf

Queridos amigos:

Cuando nos sentimos contrariados injustamente acuden a nuestra mente pensamientos de venganza, de destrucción. No tenemos tanta fe y confianza en Dios como para mantenernos serenos, sabiendo que el castigo hay que dejarlo en las manos de Dios.

Ante el desprecio de aquella aldea de Samaria que no quiso dar hospedaje al Señor, Santiago y Juan reaccionan con ira: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?» Jesús no está de acuerdo con esa forma de reaccionar, pues les guía un motivo de venganza. Y Jesús no ha venido a castigar, sino a salvar. Y eso cuesta de entender, porque lo que enseguida nos viene a la mente es manifestar el disgusto con una golpiza.

A partir de ahora Jesús comienza una nueva etapa según el evangelio de Lucas: es la subida a Jerusalén. En Nazaret Jesús fue rechazado por sus propios paisanos, ahora son los habitantes de una aldea; y la excusa es que los samaritanos no se tratan con los judíos. ¡Cuántos desprecios tuvo que sufrir nuestro Señor! Y qué ejemplo para nosotros cristianos que, a veces, por una palabra de crítica o de burla ya queremos abandonarlo todo o pelearnos.

Ya desde el momento de las «tentaciones en el desierto», Jesús había decidido que su misión la realizaría no según los criterios del triunfalismo ni de la espectacularidad, sino de acuerdo con el criterio del servicio, de la entrega, de la renuncia, de la humillación. No, Jesús no es un masoquista que busca el dolor y el sufrimiento por sí mismos; el dolor, el sufrimiento, la muerte violenta son el resultado de la actitud obstinada con que el pueblo pide su muerte, manipulado por sus jefes.

Jesús no busca el dolor ni el sufrimiento, pero tampoco se esconde, los enfrenta a pesar de que sabe que con toda probabilidad va a ser derrotado, pero también sabe que si no es así, la obstinación y las fuerzas del mal seguirán manteniendo siempre el imperio y la dominación en esta tierra.

Humanamente hablando, el camino que comienza aquí se podría ver como el declive paulatino de Jesús: poco a poco va quedando más solo, menos rodeado de multitudes, y ¡hasta le niegan la entrada en una pequeña aldea de samaritanos! Herodes lo busca para matarlo. Y en los momentos definitivos de su vida, hasta sus mismos discípulos, aquellos que siempre estuvieran a su lado, lo dejan completamente solo y hasta lo niegan.

La liturgia venera hoy a los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Sólo de estos nombres nos habla la Sagrada Biblia. Ellos son la mano providente del Padre que nos defiende, nos cuida, nos sana y con noticias de esperanza nos abre el camino hacia un cielo y una tierra nuevos.

Es verdad que los ángeles son muy importantes en la Iglesia y en la vida de todo católico, pero son criaturas de Dios, por lo que no se les puede igualar a Dios ni adorarlos como si fueran dioses. Por eso es tan importante la Palabra de Dios y no apartarnos de lo que ella nos enseña.

Vuestro hermano en la fe.
Carlos Latorre
Misionero Claretiano

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