Comentario al Evangelio del

Rosa Ruiz, rmi

Queridos amigos:

Si ayer contemplábamos al pueblo eligiendo entre un becerro de oro y la pequeñez de un Dios invisible, hoy ese mismo Dios de la vida se nos muestra y camina con nosotros. Moisés se encontraba con Ywhw en la intimidad de la tienda del encuentro. A solas. Todo el pueblo participa de esa intimidad, cada uno desde su tienda, pero nadie puede vivir por ti la experiencia de ver a Dios cara a cara, “como habla un hombre con un amigo”.

Estaremos de acuerdo en que las cosas decisivas de la vida, nadie puede vivirlas por nosotros. Ni el sufrimiento, ni el gozo, ni la paz, ni el amor, ni el odio. Por mucho que el otro quiera ayudarnos… es imposible. Ni tampoco podemos nosotros pretender ayudar a otros con nuestras experiencias o vivencias. Sólo, en el mejor de los casos, ser cauces o señales de por dónde hemos encontrado nosotros el secreto de la vida.

“El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo”. Siguiendo la parábola del evangelio de hoy, solo siembra Dios. No lo olvidemos. No somos nosotros quien sembramos. ¡Escucho tantas veces en ámbitos pastorales y educativos eso de que nosotros sembramos!... ¡me parece tan peligroso y tan estéril a la vez! No… Sólo siembra Dios. Es una tarea demasiado decisiva como para estar en nuestras manos. Pero nosotros somos buena o mala semilla en el campo de mundo. ¿Te parece poco? Vivamos intensamente y con toda autenticidad la “semilla” que somos, el encuentro que se nos brinda… y lo demás vendrá por añadidura. Él es la añadidura.

Vuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz, misionera claretiana

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