Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez, cmf

 

      La mayoría de las imágenes de santa María Magdalena que conozco la retratan como una mujer que hace penitencia por sus pecados. Se entiende que antes de conocer a Jesús era una pecadora y que las huellas de aquella vida de pecado, la llevaron a dolerse de ello durante toda su vida. Además, se sobreentiende, aunque no se dice, que su pecado tuvo relación con el sexto mandamiento. Dicho en plata: que antes de conocer a Jesús se dedicó a la prostitución. Es curioso señalar que no se ha pensado ni supuesto nada parecido de Mateo, pecador público, publicano, al que también saco Jesús de su pecado para invitarle a que le siguiese. Y a Mateo, igualmente pecador antes de conocer a Jesús, no se le supone una vida de penitencia posterior. Parece que en estas cosas hay una diferente vara de medir para el hombre y para la mujer. 

      La mujer que nos retrata el evangelio de hoy es una mujer que ama intensamente a Jesús. Llora su muerte con intensidad. Busca su cuerpo, buscando esa suerte de consuelo que supone la cercanía física y que hace revivir con más intensidad lo vivido y experimentado. No es más que una manifestación grande de amor. Hasta ahora María Magdalena sólo nos ha mostrado que ama mucho. Si algo ha aprendido cerca de Jesús ha sido a amar. Ha sido una buena discípula del que predicó el Reino, nos habló del amor de Dios y nos dejó como único mandamiento el del amor: “Amaos unos a otros como yo os he amado.”

      Quizá por eso Jesús la escoge como testigo privilegiado de su resurrección. Le pide que vaya al resto de los hermanos, discípulos, y les anuncie que esta vivo, que la muerte no ha podido con él, que la esperanza sigue viva, que el Reino continúa siendo la mejor promesa por la que vivir y trabajar. 

      Deberíamos cambiar, pues, nuestra imagen de María Magdalena. Lo más importante para el cristiano no es hacer penitencia. Si María Magdalena es santa no es porque se pasase la vida auto-castigándose por sus pecados pasados, sino porque siguió a Jesús, a su lado aprendió a amar como él amaba –que es lo mismo que decir como Dios nos ama–, y luego fue testigo de su resurrección ante sus hermanos. Ahí está lo mejor de la vida cristiana.

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