Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez, cmf

 

      “Aquel día el Señor salvó a Israel de las manos de Egipto.” Esta frase resume una de las mayores historias/mitos/relatos o como se quiera llamar que ha generado la historia de la humanidad. Es una historia de liberación. Es una historia de Dios que interviene en favor de su pueblo, porque ha escuchado su clamor y ha visto su opresión. Es la visión de un Dios que es capaz de separar el mar en dos para que su pueblo, sus hijos, pasen y se salven, mientras que traba las ruedas de los carros de los egipcios y les hace avanzar pesadamente para luego cerrar las aguas del mar sobre los egipcios, haciendo desaparecer a los que representaban el poder de la opresión que mantenía al pueblo en la esclavitud. 

      La historia del paso del mar Rojo fue contada y recontada muchas veces en las noches de las familias israelíes a lo largo de miles de años. Nosotros hoy la seguimos escuchando y se nos sigue revelando que nuestro Dios no es vengativo ni justiciero. Es un Dios que escucha el clamor de su pueblo y actúa para liberar a su pueblo de la esclavitud. Engancha así con el texto de la carta de san Pablo a los Gálatas ya conocido que dice que “para ser libres nos liberó el Señor” (5,1). La libertad es el gran don de Dios a su pueblo. Por eso, la salvación consiste sobre todo en rescatarlo de la esclavitud. 

      Pero, ¡ojo!, la liberación de la esclavitud de Egipto no evita a los israelitas ni uno de los pasos que tuvieron que dar atravesando el desierto. La Tierra Prometida se regaló a todos pero sólo llegaron los que fueron caminando, los que subieron las cuestas, los que aguantaron el sol y la lluvia, los que fueron constantes y creyeron en la promesa. Fue una larga travesía, dura, llena de cansancio, de dolores, de esfuerzo, de resistencia, casi de obstinación. 

      Al final, como dice Jesús, lo importante no es ser amigo o primo o hermano suyo. Lo importante es cumplir –y creer y confiar– la voluntad del Padre, que no quiere más que nuestra felicidad, nuestro bien, que vivamos como hermanos y hermanas, sin excluir a nadie, abriendo la mano a todos para formar el Reino, la Tierra Prometida, por el que Jesús entregó su vida.

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