Comentario al Evangelio del

Pedro Belderrain, cmf

Hace años tuvo éxito la afirmación de un político que auguró que su país iba a cambiar tanto que nadie lo reconocería poco tiempo después. La frase es exagerada. Pero es verdad que en los grupos y las sociedades a veces se dan cambios bien intensos. Nuestra vida se ha ido llenando de situaciones habituales que hace dos décadas bien poca gente creyó posibles: hay enfermedades entonces incurables con las que las personas conviven ahora durante muchos años; situaciones de infertilidad a las que la ciencia sale respetuosamente al paso; posibilidades de comunicación y relación inauditas cuando arrancó el siglo XXI… Pero no todas las innovaciones han sido positivas. No pocos niños, adolescentes y jóvenes se han visto privados de la hermosa e impactante experiencia de tener padre y de poder disfrutarlo y quererlo. (Tampoco todos los padres de los siglos XIX, XVIII, XVII… fueron lo que hay que ser; no nos engañemos). Pero algún fundamento tendrá la abundante bibliografía sobre las sociedades sin padre.

‘Padre’ es la primera palabra que Jesús coloca en la oración que nos transmite. Los evangelios permiten intuir (aunque sea muy de lejos) la experiencia profunda que esa palabra recogía para él, mucho más cercana a nuestro familiar ‘papá’. Una experiencia, que como el resto del nuevo testamento transmite magistralmente en diversas formas, ese Hijo por excelencia (el más amado que nadie) ha conseguido para todos nosotros. Algo que va incluso mucho más allá de lo bellamente dicho por la constitución Dei Verbum: “Dios invisible, movido por amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía” (n. 2). Mucho más que amigos: ¡¡hijas e hijos!! Mucho más que recibirnos en su compañía: ¡invitarnos a formar familia con el Padre, el Hijo y el Espíritu para siempre!

Pero -¡cuidado!- la palabra padre es inseparable de la palabra nuestro. Cabe aplicar aquí aquello de “tanto monta, monta tanto”. Decir padre sin decir nuestro es privar a la fe de su corazón. Insistir en nuestro sin descubrir el rostro del Padre y vivir cara a él es descabezarla. Una vez más la comunidad peregrina ejerce su papel ayudándonos a descubrir la dimensión que peor percibimos y a crecer en ella. Digamos con inmensa alegría: “padre nuestro”. Refrendemos nuestra palabra con una jornada llena de gestos y pruebas de lo que creemos. Ayudemos a que alguien sienta de verdad que tiene Padre y hermanos. Eso sí que es aprovechar el día.

Vuestro hermano
Pedro

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