Comentario al Evangelio del

Fernando Prado, cmf

Queridos amigos,

Dios no nos ama porque cumplamos sus mandamientos. Su amor no puede ser tan pequeño que se vea condicionado a nuestra respuesta más o menos fiel. Dios siempre nos invita a una vida nueva, a una vida más “santa” si se quiere, pero no nos la exige para amarnos. No olvidemos que Dios es como un Padre (¡como una madre!) que no deja de amar nunca a sus hijos de forma incondicional. Dios, en su amor, es mucho más fuerte, grande y fiel que nuestra siempre frágil respuesta. ¡Y gracias a Dios que es así!

Por eso decimos que su amor es inmerecido, incondicional, gratuito…infinito. Aunque nosotros seamos infieles y pecadores, Él es siempre fiel. Su amor nunca nos abandona. Tomar conciencia de ello es vivir la fe de los hijos y experimentar lo que el papa Francisco nos recuerda al comienzo de la Evangelii Gaudium: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”. Una vez conocido ese amor, de natural nos sale vivir y permanecer en él cumpliendo sus mandamientos.

Estamos escuchando estos días en la liturgia de la palabra fragmentos seguidos de lo que se conoce como el “testamento vital de Jesús”. En él dice a sus discípulos –nos dice a sus discípulos– su gran verdad: “os amo profundamente, incondicionalmente, gratuitamente… como os ama el Padre. No os alejéis de esta verdad”.

Es la primera verdad. Detrás de ella vendrán las consecuencias morales, los mandamientos que hemos de guardar. Primero el amor, después sus consecuentes e insoslayables mandamientos. Los guardaremos porque hemos descubierto su sentido y la inmensa fuente de amor de donde nacen. Si no, viviríamos una moral de esclavos, desligada de quien es su fuente y en quien encuentra sentido.

Permanecer en ese amor requiere por nuestra parte estar alerta, no desviarnos, mantener la tensión. No es fácil. Mil fuerzas y tentaciones nos pueden alejar de permanecer en ese amor. Una ayuda para estar alerta puede ser que tomemos el pulso de nuestra alegría. Todo esto nos lo ha contado Jesús para que su alegría esté en nosotros. Si nos falta ese sabor de la alegría del Evangelio, quizá es que nos hemos desviado de su amor. La alegría es, sin lugar a dudas, un signo claro de una relación profunda con Dios.

Que tengáis un día muy feliz. De corazón,
Fernando Prado, cmf.

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