Comentario al Evangelio del

Julio César Rioja, cmf

Queridos hermanos:

En la vida vivimos muchos momentos de inseguridad, indefensión, nos sentimos amenazados, tenemos incertidumbres, andamos a tientas, buscamos guías. No es otra cosa la adoración que muchos de nuestros contemporáneos tienen por los líderes políticos, deportivos, musicales… que llenan plazas y estadios. Necesitamos gente que oriente nuestra vida y a la vez nos creemos autosuficientes, vivimos de los grandes avances técnicos, médicos, astronómicos y nos sentimos pequeños.

erseguimos la felicidad y pensamos dominar todo y seguimos inquietos. El evangelio nos dice que tenemos un Pastor y parece responder a una inquietud de los primeros cristianos y también de nosotros: ahora que Jesús no está visiblemente entre nosotros, ¿quién nos reúne, nos guía y nos defiende?

El auténtico Pastor que guía a la comunidad cristiana es uno sólo: Cristo. En la primera lectura Pedro que había “hecho un favor a un enfermo” diciéndole: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo de lo doy: en nombre de Jesús Nazareno, ponte a andar”. Deja claro quién es “la piedra angular”, su riqueza es Cristo, como dirá Pablo, es importante puntualizar esto, en unos momentos en los que tanto se habla de la riqueza de algunos pastores. Su riqueza nos llegará a través de los testigos que llamamos “pastores”, que son como Él, los servidores de todos. ¿Pero en qué consiste ser Buen Pastor?, en contra de los falsos pastores o dirigentes que no hacían otra cosa que pastorearse a sí mismos. Consiste en “Dar la vida por las ovejas”.

Difícil tarea entonces… Se exige valentía, entrega incondicional, amor entrañable, osadía, ponerse en la puerta del aprisco y defender a todos de los “lobos”. El pastor se juega la vida por los suyos, pone voz a los que no pueden hablar, defiende al injustamente acusado, denuncia al opresor, acompaña los procesos de los pequeños, busca a la oveja perdida. Los pastores deben de visibilizar a Cristo que ama apasionadamente al hombre de hoy, lo entiende, lo acoge y sana sus heridas. En palabras del Papa Francisco: “debe de oler a oveja” y es que los verdaderos pastores no pueden quedarse encerrados en casa o en la oficina, deben de salir de sí mismos, mirar con ojos distintos. Descubrir qué anda mal o qué se puede cambiar, acudir donde alguien los necesita, compartir las situaciones de necesidad, de miseria, de enfermedad, de debilidad de los suyos. Dialogar, escuchar, trabajar, pensar, estar en medio de ellos: “conocer y que le conozcan”.

“Tengo, además otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor”. El pastor no se encierra, vive una Iglesia en salida, sabe que hay un montón de alejados y está en la calle, en la plaza, en las asociaciones, donde se cuece la vida, al lado de aquellos hombres que buscan la verdad. La originalidad de la Iglesia debe ser que toda ella participe de la misión pastoral del único Pastor: Jesús. Todos estamos llamados a ejercer un servicio pastoral con respecto a los hermanos. Todas nuestras vocaciones, todas nuestras profesiones, todas nuestras misiones han de ser pastorales. Todas nuestras tareas han de ser para ayudar a los otros, acompañar, acoger, para construir un mundo de igualdad. Todos debemos de ser pastores y pastoras, responsables unos de los otros, pero no todos de la misma manera. Es verdad que el titulo de pastores se lo hemos apropiado al Papa, Obispos y sacerdotes por su total servicio a la comunidad. Pero dicho servicio nunca puede desplazar la igualdad común, las relaciones mutuas, el ejercicio respetuoso y no autoritario de los cargos y responsabilidades, (aquí habría mucho que discernir y hablar).

Nuestro mundo, nuestra gente y también nosotros, necesitamos guías, pastores, que estén a nuestro lado y acompañen nuestras inseguridades, amenazas, gozos y alegrías, nuestras dudas, que sanen nuestras heridas, sin olvidar que ellos también están heridos. Creer en la resurrección es aceptar este papel arriesgado de cuidar a los demás. Esa cercanía es un símbolo de la Pascua.

PD: Hoy se puede escuchar esta vieja canción de Ricardo Cantalapiedra, no lo dice todo, pero evoca cosas.

No queremos a los grandes palabreros

No queremos a los grandes palabreros
queremos a un hombre
que se embarre con nosotros
que ría con nosotros
que beba con nosotros
el vino en la taberna
que coma en nuestra mesa
que tenga orgullo y rabia
que tenga corazón y fortaleza
los otros no interesan,
los otros no interesan
los otros no interesan.

No queremos a engañosos pregoneros
queremos a un hombre
que se acerque a nosotros
que cante con nosotros
que beba con nosotros
el vino en la taberna
que sepa nuestras penas
que tenga orgullo y rabia
que tenga corazón y fortaleza
los otros no interesan,
los otros no interesan,
los otros no interesan.

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