Comentario al Evangelio del

ciudadredonda

Queridos amigos:

Llama la atención la forma contundente y drástica con la que Jesús afirma que es necesario comer su carne y beber su sangre para vivir su misma vida, hacerse una sola cosa con Él y ser una prolongación de Él mismo. Esto rechina en los oídos de los oyentes que reaccionan con acritud: “¿Cómo puede éste darnos su propia carne como comida? ”. “Comer el cuerpo” y “beber la sangre” son expresiones fuertes, que provocan reacciones negativas. Suenan a canibalismo. Hay personas que ante la sangre se desmayan. Pero la misma sangre es también signo de una unión irrompible. Por eso se habla de los lazos familiares como vínculos de “sangre”.

Bajando al terreno de los hechos, vemos que la vida cristiana de muchos anda debilitada y enflaquecida o bien por inercia o bien por el secularismo. Hay dos categorías de personas que por no alimentarse bien del Cuerpo y de la Sangre del Señor acaban desnutridos en su fe. Unos porque no los desean ni los buscan y otros porque se imaginan que son de su exclusiva propiedad.

A los primeros les engaña un virus secularista que les hace anoréxicos. Piensan que Jesús es superfluo; no tienen necesidad alguna de alimentarse de la Eucaristía , de comulgar el Cuerpo y la Sangre del Señor. A lo más, la Eucaristía se convierte para ellos en una práctica religiosa más junto a otras, aburrida, anticuada y por supuesto opcional… A todos éstos, que parecen ser bastantes, les flaquean las fuerzas del amor. Al poco se quedan sin fuelle.

Para los últimos, que tal vez “van a Misa” con frecuencia (óptima costumbre en sí misma), el engaño puede estar en la rutina o en una espiritualidad convertida en bulimia, una alimentación que acumula sin transformar. A ellos no les lleva la Eucaristía a convertirse en otros Jesús, a entregarse, a amar en serio.

En medio de esos riesgos, también tan nuestros, sería bueno dedicar en el día de hoy un rato a la contemplación ante el sagrario. Y allá tratar de recuperar el sentido de la Presencia real de Jesús el Señor en la Eucaristía. Permanecer allá durante un tiempo en adoración silenciosa. Y poder orar con palabras como éstas:

Señor Jesús, no son una broma tus palabras,
ni las dices para escandalizar ni provocar.
Son el secreto más profundo del amor.
Haz que me convenzan
y me despierten el hambre de Ti.
Que cuando lo comprenda,
incline mi cabeza.
Ninguna rendición
será tan feliz como esa.

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