Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez, cmf

 

      La imagen de Jesús que nos presenta el Evangelio de Juan es un poco complicada de entender pero tampoco tanto. Pasa que Jesús suele hablar de una forma que los que le escuchan le entienden relativamente poco. Pero no siempre es porque Jesús no habla claro sino porque habla desde una perspectiva diferente. Y los que le escuchan, los judíos, le quieren entender desde su propia perspectiva. 

      Jesús tiene una mirada que va más allá de lo inmediato. Jesús ha puesto su mirada en el horizonte del reino. Todo se entiende desde esa perspectiva. Su relación con los demás, su propia vida, el camino que está haciendo hacia Jerusalén. Jesús es suficientemente inteligente para darse cuenta de que su vida va a terminar mal. Sabe que hablar de Dios como Padre, que acercarse a los pobres y sencillos con un mensaje de liberación y esperanza, le está granjeando la oposición de los que viven la religión como una profesión que controlan, como una forma de asegurarse la vida, asegurándose de paso el dominio y la preeminencia sobre los demás. Frente a ellos, Jesús dice que ha venido a servir y que sólo desde esa actitud tiene sentido su vida y la de sus seguidores. Por eso no nos tenemos que extrañar de que los judíos no entiendan las palabras de Jesús. Ni sus palabras ni sus actos. No entienden nada de nada.

      Podríamos decir que Jesús tiene una mirada desde lo alto y que los otros tienen los ojos puestos a ras de tierra y enfocados sólo un poco más allá de la punta de su nariz. La cruz es el lugar simbólico en que se sitúa Jesús, en ese punto de unión entre el Padre del cielo y la tierra donde moran sus hijos e hijas. Jesús mira con toda la carga de amor con que nos mira el Padre. Para él somos hermanos a los que echar una mano, a los que hay que amar siempre. Por nosotros vale la pena dar la vida. 

      El valor de la cruz no está en la cantidad de dolor sufrido. La cruz es la consecuencia de una vida vivida de otra manera, de una vida vivida desde Dios. La cruz rompe distancias entre el cielo y la tierra, mete a Dios en nuestra vida, en nuestras calles, en nuestras familias. La cruz nos llama a vivir desde la perspectiva del reino, a mirar como Dios nos mira, con el mismo amor, con la misma pasión por el bien de todos y cada uno de sus hijos e hijas. 

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