Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez, cmf

 

      He estado unos cuantos años de encargado de una residencia universitaria. Teníamos un reglamento y un proyecto educativo. Siempre intenté que los chicos comprendiesen que era mucho más importante el proyecto educativo que el reglamento. Aquel indicaba los máximos, hacia donde queríamos ir, cuáles eran nuestros objetivos. El reglamento, necesario ciertamente, marcaba los mínimos que había que cumplir. Les solía decir que cuando sólo nos fijábamos en el reglamento es que las cosas ya iban mal, que en lo que teníamos que fijarnos sobre todo era en el proyecto educativo, donde encontrábamos los medios para crecer y madurar como personas, como adultos libres y responsables. 

      Lo mismito se puede aplicar a la vida cristiana. Como empecemos a fijarnos en las reglas mínimas, es que vamos mal. Si nos preguntamos cuál es la parte de la misa que nos podemos perder –llegando tarde– pero que al mismo tiempo sea válida para cumplir el precepto dominical, es que hemos perdido el norte. Vamos ya por mal camino. Si nos empezamos a preguntar cuál es la frontera entre el pecado mortal y el venial, es que estamos muy desorientados. 

      Ser cristiano no es cumplir con unas normas mínimas. Eso no es difícil sino relativamente fácil. Por eso Jesús puede decir que él no ha venido a cambiar ni una tilde de la ley. Jesús se pone en otra perspectiva. No se trata de cumplir unos mínimos sino de construir el reino, de fomentar la fraternidad, el perdón, la reconciliación, el amor. Eso no se hace mirando al mínimo sino al máximo. ¿Ustedes se imaginan que una pareja de amigos o un matrimonio se marcasen los límites mínimos de su relación y se comprometiesen a cumplir sólo esos mínimos? Así no irían a ningún sitio. En el amor no hay mínimos sino máximos. Jesús nos amó tanto que lo dio todo por nosotros. Todo. A los que viven así las normas les preocupan muy poco. Están por encima. Las cumplen y más. Y hasta saben en algún momento saltárselas porque el amor está por encima de cualquier norma. El mismo Jesús se saltó muchas veces las normas de los judíos. A él sólo le importaba el reino. No puso límites su entrega. Y nos dejó una norma por encima de todas: el amor.

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