Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez, cmf

 

      Hay un asunto en el Evangelio y en la vida cristiana que no hay que olvidar. Me refiero al tema de la responsabilidad personal. De alguna manera, y asumiendo todas las limitaciones que tiene nuestra libertad, tan condicionada por tantísimas cosas, somos los responsables de nuestras decisiones, del camino que vamos tomando en la vida, de cómo vamos rellenando ese libro en blanco que es la vida de cada persona al comenzar su andadura vital. 

      Obviamente esa responsabilidad personal hay que conjugarla con la misericordia, tan presente en el Evangelio. El amor del Padre es eso, amor de padre, amor infinito. Y ese es el prisma con el que nos mira. Pero eso no quita para que seamos llamados a crecer como personas y asumir las riendas de nuestra vida como seres adultos, responsables y maduros.

      El evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre la responsabilidad que tenemos de las decisiones que tomamos. No podemos ser como niños que, cada vez que les pillan en falta, miran para otro lado y dicen que no sabían nada o que no se habían dado cuenta o, incluso, señalan a otro como culpable. El rico Epulón tiene una clara responsabilidad sobre su vida hecha de banquetes, de buena vida y, sobre todo, de no mirar a sus hermanos más pobres, representado en Lázaro, el mendigo de su puerta, como personas, de ser indiferente ante su dolor, su pobreza, su enfermedad. 

      Conocí una vez a un hombre que me dijo que no había visto nunca que en su país hubiese pobres por la sencilla razón de que siempre había viajado en el coche de su padre y éste tenía los cristales tintados. Ciertamente mientras que fue un niño pudo no ser responsable pero a partir de una determinada edad debemos empezar a asumir las consecuencias de nuestros actos. Para bien y para mal. A veces el asunto no consiste en que se nos presente un testigo delante. Esa presencia puede ser perfectamente inútil si nosotros no abrimos los ojos y el corazón a su presencia. Y lo de abrir los ojos y el corazón es responsabilidad nuestra. Aunque muchas veces nos cueste reconocerlo. 

      Otro día hablaremos de la misericordia de Dios. Pero no conviene olvidar lo comentado. Porque Dios no nos llama a ser perpetuos niños sino a crecer como personas libres y maduras. 

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