Comentario al Evangelio del

Julio César Rioja, cmf

Queridos hermanos:

Quien ha subido al Aneto, Monte Perdido, Gredos, Naranjo, Urbión… o cualquier monte y cumbre cercana a su pueblo o ciudad, se ha sentido más cerca del cielo, alejado de las prisas y preocupaciones que a veces tanto nos abruman. Dios parece manifestarse en lo alto: dice a Abrahán: “Ofrécemelo en sacrificio, sobre uno de los montes que yo te indicaré”, piénsese también en Moisés y el Sinaí, en Elías y el Horeb, en el Tabor  y el Calvario, por poner algunos ejemplos de montes bíblicos que aparecen ligados a los personajes de estas lecturas. Subir la montaña significa para el hombre superarse a sí mismo, trascenderse, elevarse más allá de la vida cotidiana.

En la primera lectura Dios habla a Abrahán y lo pone a prueba, le exige sacrificar a su hijo: “Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac”. El Dios de la promesa, de la descendencia, de la alianza, aparece como el Dios de la muerte. Pero Abrahán se decide a recorrer el camino, es un hombre de fe, este es el momento crítico de toda fe, que se encuentra con el silencio terrible de Dios. Es la tarde de  Viernes Santo: como dice la segunda lectura “El no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entrego a la muerte por nosotros”. La fe es subir al pico más alto de la montaña para hacer allí el sacrificio total de uno mismo, es camino de renuncia y de muerte. Es la necesidad de dar muerte a algo querido, para dar vida y trascenderse a lo nuevo, (esto es la Cuaresma que termina en la Resurrección).La novedad es la vivencia del Evangelio.

En el Evangelio de hoy, Jesús con sus amigos más cercanos, Pedro, Santiago y Juan, sube a la montaña, a él Tabor. Tienen allí una experiencia maravillosa de encuentro con Dios: “Se transfiguro delante de ellos. Sus vestidos de volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube”. No es extraño que Pedro este asustado, subir hasta Dios y ver esto, es morir a nuestros proyectos, morir a uno mismo, a tantos planes y esquemas. Allí está Dios: “¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías, no sabía lo que decía”, Pedro expresa lo que todos pensamos. Vamos a quedarnos siempre así tan cerca de Dios y de nosotros mismos, en una vida sin oscuridades; es la tentación de huir del mundo, refugiándose en la oración o en la vida afectiva de la comunidad, ¡vamos a quedarnos mirando al cielo!

“Este es mi Hijo amado; escuchadlo”, difícil. Al bajar de la montaña: “Jesús les mandó: no contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. Esto se les quedo grabado, y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos”. Escuchar a su Hijo, es caminar hacía Jerusalén, cargar con su cruz, perder la vida, renunciar a uno mismo, vivir la mística cristiana que nos lleva a la entrega permanente y total de la propia vida. Por eso discutían y discutimos, para subir a la vida hay que pasar por la muerte. La fe se convierte en una confianza en Dios, que por caminos muchas veces de silencio, llenos de dolor, de lágrimas, de misterios, de esfuerzo, sed, ayuno, abstinencia, oración, limosna; nos conduce a la cumbre más alta de la vida, allí donde el hombre y Dios se funden en un mismo gesto de amor.

Subir la montaña de la Cuaresma es admitir y valorar críticamente nuestra vida que necesita conversión y cambio. Pero al mismo tiempo esta historia de la transfiguración en lo alto de la montaña nos anima a estar despiertos para ver las horas y momentos en que se nos abre el cielo, sale el sol, o nos iluminan las estrellas. El que ha subido al monte puede recordar agradecido muchas experiencias, que se nos dan en nuestra vida como un regalo del cielo. Se impone la belleza, mirar desde allí los valles, contemplar y después saber que hay que desandar el camino hacia la vida cotidiana. Habrá que subir con frecuencia para estar con Él, escucharle y renovar las fuerzas para nuestro camino. Subir y bajar, ese es el camino.

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