Comentario al Evangelio del

Enrique Martínez, cmf

CONTRA LA INDIFERENCIA


 

           Estrenamos la primera semana de Cuaresma retomando uno de los mensajes clave que nos dejaba el Miércoles de Ceniza, y que es fundamental en el seguimiento de Jesús y que nos hace ser propiamente «humanos»: la sensibilidad ante la situación del otro, el hacernos cargo del otro, la solidaridad, la cercanía a los que están peor.

        Nos decía el Papa Francisco que «ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos», porque «es una tentación real para nosotros».

      Fácilmente nos ocurre que, enfrascados en nuestras propias preocupaciones, o cegados por nuestro bienestar, tenemos a «Lázaro» en la puerta de nuestra vida, pero no nos damos por enterados. Es necesario que llevemos a nuestra oración la «memoria» de los problemas y dificultades de los demás, empezando por los más cercanos, sin olvidarnos del resto. Y preguntarnos delante de Dios: «¿Qué podemos hacer entre tú y yo para aliviar su situación». Nuestra oración «peca» a menudo de girar alrededor de «nuestras cosas» (a menudo «pequeñas cosas») y pocas veces nos lleva a tomar decisiones, a «movernos»... dejándolo todo -si acaso- en las manos de Dios. Pero el Dios y Padre «nuestro» quiere tratar conmigo de esas cosas de mis hermanos, quiere contar conmigo, me necesita.

       La tentación del desánimo, de no saber qué hacer, de ver que son tantos los que están pasándolo mal, de pensar lo poco que podemos hacer... es grande. De nuevo con palabras de Francisco: "Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?"

Me viene a la cabeza una historia:

         En una puesta de sol, iba yo caminando por una desierta y tranquila playa.  Mientras andaba, empecé a distinguir en la distancia a una persona que se acercaba. Según se iba aproximando, me di cuenta que era un pescador del pueblo cercano,  que iba inclinándose para recoger algo que luego arrojaba al agua. Una y otra vez arrojaba con fuerza esas cosas al océano.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, observé que aquel hombre estaba recogiendo estrellas de mar, que la marea había dejado en la playa, y que, una por una, volvía a arrojar al agua.

Intrigado y sorprendido por aquel comportamiento, me atreví a saludarlo:

- Buenas tardes, amigo. Venía preguntándome qué es lo que hace usted.

- Estoy devolviendo estrellas de mar al océano. Ahora la marea está baja y ha dejado sobre la playa todas estas estrellas de mar. Si yo no las devuelvo al mar, se morirán por falta de oxígeno.

- Ya entiendo -le dije yo-, pero sobre esta playa debe haber miles de estrellas de mar. Son demasiadas, simplemente. Y lo más probable es que esto esté sucediendo en centenares de playas a lo largo de toda la costa. ¿No se da cuenta de que este es un trabajo inútil, que no merece la pena tanto esfuerzo por su parte, salvando un puñado de estrellas, que no tiene mucha importancia que se salven esas pocas?

El pescador sonrió, se inclinó a recoger otra estrella de mar y, mientras volvía a arrojarla al mar, contestó:

- ¡Para ésta sí que es importante!

Mark V Hansen en «Sopa de pollo para el alma». Ediciones B.

 

           Y es verdad. No es un asunto de «números», ni de eficacia, ni de «salvar» a todos. Se trata de «trabajar» nuestra sensibilidad, de quitarle el polvo al corazón individualista y adormilado, de ayudar a que madure nuestra condición de «hermanos». «La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad».

             Signos pequeños, concretos. Por ejemplo:

  •  Dar las gracias, sobre todo cuando «no hace falta»
  •  Saludar/sonreír con alegría a esas personas que veo a diario.
  •  Un «qué tal» a esa persona que encontramos a menudo en la iglesia o en un banco de la calle... Quizás un «todavía no sé cómo te llamas, a pesar de que nos vemos todos los días».
  •  Poner más atención y escuchar a quien tiene algo que decirnos. Especialmente si es alguien «de casa».
  •  Decir con palabras y gestos «me importas», «te quiero», me alegra verte, te he echado de menos
  •  Escribir un correo, o hacer una llamada de teléfono o una visita... a esa persona que tenemos un poco olvidada, o que está un poco sola....
  •  Estar más dispuestos para «echar una mano», aunque no nos toque, y quizá ni nos la pidan
  •  Comentar algo que nos ha gustado, o nos ha llegado, o nos agrada, un «felicidades», tienes hoy buen aspecto, he pasado un buen rato contigo...
  •  Ser creativos y tener algunos «detalles» por sorpresa, aunque no vengan a cuento
  •  Prescindir de alguna cosa que realmente no necesito y ofrecerla. Cuántas cosas en casa que ni siquiera recuerdo que las tengo, o que no he tocado en tiempo...
  •  Preguntar en la parroquia si hay alguna necesidad en la que tú puedas colaborar....

No hace falta que alargue la lista. Tú mismo/a puedes hacerlo.

        Termino con el «sueño» del Papa:  "Cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia". Y una oración sencilla: «Señor, haz nuestro corazón semejante al tuyo».

Enrique Martínez, cmf

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