Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez, cmf

 

      “La maldad del hombre crecía sobre la tierra.” Eso es lo que dice la primera lectura. Lo mismo que podemos sentir nosotros a través de nuestra propia experiencia. Pero ni Dios quiere la destrucción de su creación. Siempre deja un rincón a la esperanza. La historia de Noé se puede leer como una historia de destrucción. Pero creo que es sobre todo una historia de recreación, de regeneración, de futuro, de aurora de una nueva vida. Al final, las aguas bajan, la tierra queda fecundada por una nueva vida, simbolizada en esa rama de olivo que recoge la paloma en su pico. No es casualidad que la paloma con la rama de olivo en el pico haya quedado como un símbolo universal de la paz. Y la paz es vida, esperanza y justicia. 

      Pasa que a veces nos hemos centrado tanto en la experiencia del mal que todo se nos vuelve negro alrededor. No entendemos nada y todo es oscuridad, tinieblas, muerte, frío y miedo. Es lo que les pasa a los discípulos en el relato del Evangelio. De tanto mirar a lo negativo, la vista se les ha quedado corta. No son capaces de entender lo que hace y dice Jesús. No entendieron nada cuando vieron a Jesús dar de comer a una multitud. No entendieron nada cuando recogieron los muchos cestos de pan que sobraron de aquel banquete. No entendieron nada. Y se merecen el reproche de Jesús: “¿Tan torpes sois?”

      Porque lo que Jesús les está diciendo es que hay motivos para la esperanza. Su forma de actuar va mucho más allá de multiplicar los panes y los peces. Lo más importante es su capacidad de reunir a una multitud y de convertirlos en una familia, su capacidad de hacer que todos, hombres y mujeres de cualquier clase y condición, se sienten a la misma mesa  y compartan el mismo pan. Ese es el gran signo del Reino. Eso y no otra cosa es la Eucaristía, la Misa. Cada vez que alguien es capaz de reunir a las personas y hacerles compartir el pan sentados a la misma mesa, se está produciendo el gran signo del Reino, se están abriendo caminos a la esperanza. En la mesa se produce la reconciliación, el perdón y se abren los corazones a la alegría del compartir y a la esperanza de que el cambio es posible. 

      Cerca de mi casa hay un comedor abierto a todos los indigentes del barrio. Lo llevan unas religiosas. Cada día esa comida es una celebración del Reino, es una Eucaristía. Por eso sigo manteniendo firme mi fe y mi esperanza. Abrid los ojos y ved los signos de esperanza a vuestro alrededor.

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