Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

 

      A veces me da por pensar que el problema no estuvo en que Adán y Eva comieran del árbol  del bien y del mal. El problema verdadero, el pecado para entendernos, estuvo en su incapacidad para asumir su responsabilidad. Como niños, cuando se dieron cuenta de lo que habían  hecho, no fueron capaces de levantar la mano y asumir lo que habían hecho y sus posibles consecuencias sino que empezaron a echarse la culpa el uno a la otra y la otra a la serpiente.
      Y me gusta pensar que el gran milagro que nos hace Jesús es que nos abre los oídos y la boca, como al sordomudo del Evangelio, y nos hace libres y responsables. A partir del encuentro con Jesús ya no podemos ser más niños inconscientes que hacemos cosas sin darnos cuenta y que luego, cuando nos damos cuenta de que hemos metido la pata, vamos acusando a otros de lo que hemos hecho o simplemente bajando los ojos y mirando para otro lado, como si no hubiésemos estado allí.
      Esa conducta es muy fácil observarla en los niños. Pero también en los mayores. Basta con fijarnos un poco vemos que ese tipo de conducta sucede mucho en el trabajo, cuando se produce algún desaguisado. También en los matrimonios. Cuantos de los matrimonios que entran en problemas y se separan, terminan echándose la culpa el uno al otro, sin querer sentarse a dialogar y a asumir lo obvio: que la responsabilidad es de los dos en el noventa por ciento de los casos. Estoy seguro de que todos podríamos ahora mismo poner algún ejemplo concreto sobre la mesa.
      Frente a aquella incapacidad de Adán y Eva para asumir su responsabilidad en lo que habían hecho, está la actitud de Jesús, que abre los oídos y la boca de la personas, que cura su ceguera y su parálisis. Jesús nos da la capacidad para ser mayores, para ser responsables. También para asumir nuestros errores. Jesús nos invita a tomar las riendas de nuestra vida. Equivocarse es normal. Lo que no es normal es negarlo permanentemente y echar la culpa a los demás de lo que nos pasa. Jesús nos invita a dejar de comportarnos como niños y a ser mayores. Lo hace porque nos ama, porque quiere que seamos sus amigos, porque nos quiere comprometidos con su reino.

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