Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos hermanos:

El escrito que conocemos como “Carta a los Hebreos” (ciertamente no tiene forma de carta) es un texto difícil, a veces “frío”; se lo podría designar como “conferencia” de teología; es sin duda el texto más académico del Nuevo Testamento. También en los orígenes de la Iglesia existían pensadores, intelectuales, y alguna vez había que tenerlos en cuenta y ofrecerles material apropiado a su reflexión. Estos días atrás hemos preferido centrar nuestras reflexiones en el texto del evangelio, por considerarlo más interpelante para nosotros. Hoy, que la lectura de Hebreos es también directa y cuestionadora, vale la pena que le dirijamos nuestra atención.

Sabemos poco de la comunidad a la que fue dirigido este extraño escrito. Pero el fragmento de hoy nos aclara varias cosas. Se trata de una comunidad con una ya larga historia a sus espaldas, y también con situaciones históricas cambiantes. Al parecer hubo un tiempo en que necesitó una actitud heroica para hacer frente a muchas adversidades: sufrió insultos, confiscaciones, torturas… y supo dar buena cuenta de sí misma; lo primero fue la fe, y la fidelidad.

Pero posteriormente, quizá en una situación más placentera, los antiguos quijotes se convirtieron en sanchos; la exigencia de heroísmo dejó de ser entusiasmante, y cayeron en la rutina, en el cansancio, la inconstancia, la vulgaridad. Estas actitudes no son “válidas” en un cristiano.

Podemos dirigir nuestra mirada a los miles de cristianos iraquíes que, hace pocas semanas, debido a su fe, han sufrido destierro, han tenido que ir a refugiarse al Kurdistán u otros lugares extraños; eso los que han podido salvar la vida. O volvamos los ojos a Nigeria, a esas docenas o centenares de cuerpos calcinados cuyas fotografías estremecedoras han dado la vuelta al mundo. La carta a los Hebreos habla de quienes así fueron maltratados y de quienes se hicieron solidarios con ellos. ¿Cómo no sentir nosotros, casi como en carne propia, el dolor de estos hermanos nuestros y vivir –como sepamos- la solidaridad con ellos?

Pero conviene que nos hagamos otro cuestionamiento, quizá muy actual. ¿Necesitaremos pasar por situaciones extraordinarias para dar lo mejor de nosotros mismos? ¿Por qué no embellecer la vida cotidiana con la hermosura de la fidelidad, de la radicalidad, de la finura de espíritu? Los destinatarios de la Carta a los Hebreos, al entrar en la normalidad, una vez cesadas las persecuciones, cayeron en la vulgaridad, el aburrimiento, la rutina. Que nos sirva de llamada de atención aquel aforismo de la antigüedad “in ordinariis nos ordinarius”: no rebajes la  normalidad a ordinariez. El seguidor de Jesús debe caracterizarse por la elegancia de espíritu, siendo experto en ennoblecer cuanto pase por sus manos.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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