Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos hermanos:

Comencemos aclarando un malentendido del texto evangélico, procedente de un equívoco en la lengua original. En arameo la misma palabra significa “parábola” y “enigma”, que son conceptos bien diferentes. No es creíble que Jesús hable a la gente en parábolas –género didáctico sencillo y popular- para que no le entiendan y así no se abran a la salvación; él no afirma que “a los de fuera se les habla en parábolas”, sino que a quienes optan por mantenerse en la distante frialdad “todo les resulta un enigma”. Y ese “todo” abarca por igual los dichos y los comportamientos y acciones de Jesús. Más de una vez nos encontramos en el evangelio con malentendidos respecto de la acción de Jesús; malentendidos que siempre proceden “de fuera”. Quien está con él tiene una empatía afectiva que le ayuda a entender lo que la fría inteligencia no abarca (en realidad nos sucede con todo el mundo; si no hay cercanía humana, acabamos constatando que “hablamos distinto lenguaje”). A los adeptos a Jesús, “a vosotros”, entusiasmados por su persona, “se les abre el misterio” del Reino de Dios.

Esta interesante llamada a la “cercanía afectiva” nos la ofrece el evangelio de hoy flanqueada por una parábola y su aplicación a la vida de la Iglesia. La parábola de la semilla nos es muy conocida, aunque quizá no la leamos normalmente en el sentido que Jesús quiso darle. Los expertos la designan como “la parábola del sembrador impertérrito”. En efecto, nos habla de una serie de sementeras frustradas y de un sembrador que no se da por vencido; sus afanes, finalmente, tiene un éxito muy superior al esperado. Al parecer, en las tierras áridas de Palestina no solía contarse con una cosecha del sesenta o ciento por uno. Esto Jesús lo refiere al Reino de Dios, realidad que él nunca define pero de la que afirma que superará con creces las más optimistas expectativas humanas; lo que Dios realiza es siempre pasmoso. Ningún fracaso parcial tiene derecho a marchitar nuestras ilusiones; el que toma en serio a Dios como  Padre vive en la esperanza; no podrá explicarlo, pero sabe que hay un final deslumbrador.

Esta debió de ser una lección muy necesaria a los seguidores de Jesús, que se fijaban en las limitaciones de lo humano y el Maestro tuvo que llamarles repetidas veces “gente de poca fe”. Hoy nos reprocharía también a nosotros la facilidad con que tiramos la toalla y envenenamos de desencanto a los demás, quizá con frases irónicas o burlescas. “¡Qué ingenuos ois!”…

La explicación detallada y acomodaticia de la parábola parece haberse originado en otro momento, y con finalidad moralizante más bien que como llamada a la esperanza. En nuestro  caminar de creyentes la Palabra nos sigue llegando día a día, con su capacidad de sorpresa, con su energía creativa. Pero son llamadas que pueden ser acogidas o acalladas, conservadas en el corazón u olvidadas rápidamente. Los ejemplos del texto evangélico resultan muy actuales: la superficialidad, el inmediatismo, el engaño del dinero fácil o de la comodidad, la cobardía ante la persecución o ridiculización por ser creyentes… son otras tantas contraindicaciones para que la Palabra del Señor dé forma a nuestro vivir. Que el señor nos conceda unos ojos bien abiertos frente a esos enemigos de nuestro crecimiento espiritual.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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