Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Santos Timoteo y Tito. 1Tim 1,1-8; Lc 10,1-9

Queridos hermanos:

Cada domingo, al rezar el credo, confesamos que la Iglesia es “una, santa, católica y apostólica”. Hoy celebramos el fundamento de esa gozosa realidad: estamos en continuidad con los apóstoles, con San Pablo, a través de una cadena initerrumpida de sucesores, al inicio de la cual se encuentran Timoteo, Tito y otros. A estos santos el título de obispos, que les da la liturgia, les viene muy pequeño, y es anacrónico; no son dos prelados más, como san Blas o san Nicolás. Recordar a estos dos misioneros de los orígenes es celebrar la sucesión apostólica, hecho de enorme calado teológico. La categoría litúrgica de “memoria” es también muy poco para ellos, es “teológicamente injusta”; la teología y a la historia exigirían al menos el rango de fiesta.

Desde el punto de vista histórico, el emparejamiento de los dos santos, como si fuesen poco más o menos iguales, puede desfigurarlos. Timoteo fue el alter ego de San Pablo, corremitente de la mayor parte de sus cartas, del que Pablo mismo dice: “a nadie tengo de tan iguales sentimientos” (Flp 2,20); Timoteo no fue “un” colaborador, sino “el” colaborador de Pablo, y quizá su principal sucesor histórico. Tito, en cambio, sólo prestó al apóstol alguna ayuda esporádica: le acompañó a llevar una colecta a Jerusalén (Gal 2,2) y le resolvió una papeleta difícil en Corinto (2Cor 7,6). Su nombre ni siquiera es conocido en los Hechos de los Apóstoles.

Los escritos que se nos han transmitido como cartas de Pablo dirigidas a estos santos nos hablan del cariño y esmero con que la Iglesia de todas las épocas debe conservar el legado apostólico, creando para ello las instituciones más convenientes. Recordar a estos santos es, por tanto, recordar que debemos permanecer en lo que somos, guardar gozosamente nuestra identidad sabiendo adaptarla a situaciones nuevas. Es lo que a ellos les tocó hacer, como eslabones entre la época apostólica y la siguiente.

El envío de los 72 discípulos que nos narra el evangelio (un capítulo antes Lucas cuenta el envío de los Doce) remacha justamente el mismo pensamiento: la acción de los apóstoles debe ser continuada por otros, contemporáneos y posteriores, conservando siempre el estilo y acción de Jesús: inermes, pacíficos, anunciadores de Buena Noticia.

Hoy se organizan cursillos y simposios acerca de la ardua tarea de transmitir la fe a la siguiente generación, de cómo hacerlo en unas circunstancias tan nuevas, en un barbecho o en un campo sembrado de espinas, cuando no en ámbitos llenos de prevenciones contra el hecho cristiano. Timoteo y Tito, como su maestro, el apóstol de Tarso, nos invitan a la audacia e inventiva. ¡Lo de Jesús tiene que seguir adelante!

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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