Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

Jesucristo, sacerdote, víctima y altar

La reflexión de la carta a los Hebreos sobre el sacerdocio de Cristo llega hoy a una de sus cimas. Jesús no es un sacerdote ritual, meramente cultual, cuya función mediadora queda fuera de su persona. La radicalidad de su sacerdocio se echa de ver en que es su misma persona la que realiza el sacrificio definitivo, de modo que él es al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar. Jesús, fundador del nuevo pueblo de Dios y portador de una alianza nueva y definitiva, se ha hecho él mismo ley de vida para los que creen en él. Creer en Cristo y ser discípulo suyo no puede, en consecuencia, limitarse a profesar unas verdades, practicar unos ritos y cumplir ciertas exigencias morales. De ser así, la alianza, la ley y el culto inaugurados por Cristo seguirían siéndonos externos, es decir, “viejos”, caducos y no definitivos. La única forma de convertirse en discípulo de Jesús es vivir como vivió él. Pero vivir como vivió él significa estar dispuesto a morir como él murió. ¿No es esto algo excesivo? Porque si lo pensamos bien y nos lo tomamos en serio, lo que Jesús hace y dice, y las consecuencias que se derivan de ello, son y se nos antojan excesivas si las confrontamos con los criterios y las expectativas que nos mueven realmente cada día. No siempre estamos dispuestos a llevar nuestra fe hasta las últimas consecuencias, es decir, no siempre nos comportamos como creyentes y discípulos de Jesús en sentido propio. Con demasiada frecuencia somos, sí, creyentes, pero también razonables, mesurados, pretendemos ser “normales”, “no tomarnos ciertas cosas tan a pecho”… Con demasiado frecuencia nosotros mismos, los cercanos, aquellos a los que él designó “su madre, hermano y hermana”, decimos que Jesús no está del todo en sus cabales, y tratamos de domesticarlo un poco, para “hacerlo más creíble”, más de “nuestro tiempo”, más “razonable”.

En el seguimiento de Cristo hay un punto de exageración que debe llevarnos más allá de la lógica del mundo en que vivimos. Esa locura para unos y necedad para otros es la sabiduría que procede sólo de la cruz de Jesucristo.

Saludos cordiales

José M. Vegas cmf

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