Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

Jesús, separado de los pecadores, estrujado por las masas

La plena participación de Jesús en nuestra condición humana, que le permite compadecerse de nosotros, no incluye la participación en el pecado. Antes bien, como dice hoy la carta a los Hebreos, Jesús es un sumo sacerdote sin mancha y separado de los pecadores. Podría parecer que esta radical separación lo aleja tanto de nosotros que hace imposible la compasión. Pero, en realidad, es al revés: el pecado fundamental es el que desplaza de nuestro corazón la capacidad de compadecer, lo que hace que nuestras relaciones sean duras y despiadadas, lo que convierte al hombre en lobo para el hombre. Jesús participa plenamente de nuestra debilidad, de nuestra condición mortal, de nuestros sufrimientos, primero porque él mismo los experimenta; y, además, porque toma sobre sí los sufrimientos de todos: Jesús padece y com-padece. Por ello, su separación de los pecadores (es decir, de la condición pecadora), no es separación de los hombres, sus hermanos. Jesús es puro, pero no puritano: precisamente esa ausencia de pecado le hece ir al encuentro de todos, no rehúye el encuentro con las multitudes, permite que le toquen, hasta el peligro del aplastamiento que tiene que evitar con ayuda de sus discípulos y de una barca oportuna.

En estos encuentros con las multitudes Jesús afronta en toda su crudeza todas las formas posibles del mal que atormenta a los hombres. Pero en este afrontamiento se hace patente el poder compasivo de Dios, que sana a los enfermos, levanta a los caídos y devuelve al hombre su dignidad primitiva. El poder salvador de Dios actuando en Cristo contrasta de tal modo con el poder destructor del mal que hasta este último se ve como forzado a dar testimonio de Cristo. Y es que el mal no está al mismo nivel del bien, sino que aquel depende de este, como un parásito suyo.

El testimonio que los malos espíritus dan de Jesús deberían hacernos reflexionar sobre nuestras actitudes respecto del mal en todas sus formas y nuestro modo de afrontarlo. Todo sentimos a veces la tentación de oponer al mal un mal mayor, a la violencia otra más grande, de contaminarnos ante el espectáculo del mal en el mundo con la maldición del odio. Pero el Evangelio de hoy nos dice que si actuamos de verdad con el espíritu de Jesús, oponiendo al mal sólo la fuerza del bien, hasta el mal que combatimos dará, siquiera indirectamente, testimonio del bien y de su fuente, que es Dios. Creer en Jesús es no sólo confesar que Él es el Hijo de Dios, sino también confiar que su forma de actuar es la única que puede garantizar al fin y a la postre el triunfo definitivo del bien. Aunque para ello hayamos de afrontar el riesgo de una derrota tan cruel y aparentemente definitiva como la de Cristo en la cruz.

José M. Vegas cmf

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