Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

Un sacerdocio nuevo, un culto agradable al Señor

La Palabra continúa la meditación de la Carta a los Hebreos que iniciamos la semana pasada y que continuará durante las dos siguientes. En esta semana recorremos los textos que profundizan en el Sacerdocio de Cristo. De hecho, la consideración de Cristo como Sumo Sacerdote y la interpretación de toda su vida, su muerte y resurrección en clave cultual es algo chocante en el Nuevo testamento y exclusivo de este escrito. Lo que se nos dice aquí es que Jesuscristo es el único y auténtico sacerdote, es decir el único verdadero mediador entre Dios y los hombres. Por ello mismo, sólo en la participación en la vida, muerte y resurrección de Cristo puede el hombre realizar el culto agradable a Dios, entrar en una relación viva con Él y alcanzar la salvación. Pero su carácter sacerdotal no le separa de aquellos por los que media: al contrario, es en la plena participación en la humanidad de sus hermanos y en sus sufrimientos hasta la muerte en lo que se realiza su servicio sacerdotal. Jesús es un sacerdote capaz de compadecer, precisamente porque ha hecho suya la condición de los que por medio de Él se acercan a Dios. Pero este culto no significa un gusto morboso por el sufrimiento ni la negación de las alegrías de la vida. El Evangelio de Marcos, que ilumina en estos días el verdadero sentido de la ley y los mandamientos de Dios, trata hoy un aspecto esencial de la participacón de Cristo en nuestra condición humana. Jesús es capaz de compadecernos porque es también capaz de congratularse con nosotros. El ayuno y la ascética en general, que juegan un papel tan importante en la vida moral y religiosa del hombre, no han de convertirse en un absoluto. Las palabras de Pablo a los Romanos “alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran” (12, 15) expresan muy bien el sentido de este sacerdocio y de este nuevo culto inaugurados por Cristo. Antes que enseñar, amonestar o reprender, Dios por medio de la humanidad de Cristo participa de nuestra condición humana y sólo desde esta íntima comunión con nosotros nos llama a participar de su propia vida. Si esta es la novedad que Dios quiere regalarnos en Cristo, ¿no habremos nosotros mismos de cambiar los odres, el vestido, es decir, el continente, las actitudes de esta nueva forma de relación? Buscar ante todo la comunión, la participación en la vida de los demás, en sus alegrías y en sus sufrimientos, antes que darles lecciones o dirigirles sermones. Exhortar, anunciar y amonestar puede hacerse con espíritu evangélico sólo desde esa cercanía que el mismo Dios ha practicado con nosotros.

Hemos comenzado la semana de oración por la unidad de los cristianos. Tal vez una buena forma de orientarla sea mirar directamente a Cristo, el único mediador entre Dios y los hombres, y el maestro que nos enseña la esencia de la ley nueva, la que nos llama ante todo a la comunión de vida, a la disposición a participar en “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los que sufren” (GS 1).

Saludos cordiales

José María Vegas, cmf

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