Comentario al Evangelio del

Rosa Ruiz Aragoneses

DAME TU DESCANSO, NO EL MIO.

“Empeñémonos, por tanto, en entrar en aquel descanso, para que nadie caiga”, dice la primera lectura. ¿No tenéis la sensación de que con mucha gente parece una virtud el poder decir continuamente que está agobiado, agotado, lleno de actividad? A veces me da la sensación que hasta disfrutamos secretamente diciendo: ¡Uy, no puedo, qué más quisiera, estoy “super liada”!  En esta clave tan humana y tan divina de aprender a vivir con calma y descanso, os recomiendo este artículo de hace unos meses: “Descansar en el tiempo de descanso”. Pero no va por aquí la reflexión que hoy os quiero compartir; mi pregunta de fondo es otra: ¿Cómo es el descanso de Dios, cuál es “aquel descanso” en el que debemos empeñarnos en entrar, “para que nadie caiga”?
El libro de Dolores Aleixandre “Escondido centro” (¡que os recomiendo vivamente!), dedica un capítulo a la palabra “descanso”, que en la Biblia hebrea llaman menû??h:

«El mundo es el dueño de nuestras manos», dice el judío Abraham Heschel, «pero nuestro corazón pertenece a Otro. Durante seis días de la semana luchamos contra el mundo, arrancando sus riquezas a la tierra: el Sábado cuidamos la semilla de eternidad plantada en el alma». Por eso, el Sábado es el día de la menû??h…. Por eso el orante del Salmo 23 es consciente de que si se dirige a «las fuentes de la menû??h» es porque su pastor lo conduce a ellas (…) Cuando el pueblo se aleja de la alianza con el Señor, lo primero que pierde es la menû??h… y cuando marche al destierro de Babilonia, los que se lamentan de su destino, le compadecerán porque «habita entre las naciones sin hallar menûh?h» (Lam 1,3). A lo largo de su historia, Israel va aprendiendo trabajosamente que «entrar en la menû??h» de su Dios (Sal 95,11) no es nunca resultado de su esfuerzo ni de la ansiedad con que lo busca, sino que la recibe siempre como un regalo inmerecido.” (cf pág  `+`)

¿Qué es y dónde encontramos este don sagrado y carísimo que es nuestro descanso más profundo, el descanso de Dios? ¿A qué o a quiénes damos poder para arrebatarnos la menû??h que Dios nos regala?

Esta paz y reposo interior, poco tiene que ver con una especie de estado inerte, donde ni padecemos ni sentimos, donde nada nos afecta y caminamos por encima de las emociones y envites de la vida. Es un descanso que poco tiene que ver con mantenernos al margen de todo conflicto y si no, mirad hoy a Jesús en el Evangelio: rodeado de gente para escuchar cómo proponía la palabra, en lugar de pedir silencio cuando los cuatro amigos del paralítico se cargaron las tejas del techo, para su discurso para exclamar: «Hijo, tus pecados quedan perdonados.» El conflicto estaba servido: “¡Blasfema! ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?” Y si pensáis que tras esta acusación, Jesús se calló y prosiguió comentando la palabra, os equivocáis. Al menos no es lo que cuenta el evangelio.
Y de nuevo me surgen preguntas: ¿Qué es más evangélico callar o provocar, revelar lo que unos y otros piensan o mirar para otro lado por si acaso te toca a ti?

Jesús nos pone en evidencia. Su paz es distinta de la nuestra. Su descanso (el de su corazón mando y humilde, como yugo llevadero y carga ligera) reposa en otro lugar, no en el “bienestar” externo, ni tan siquiera en tener mucha actividad o poca. Es otra cosa. Y como yo no voy a poder decirlo mejor, os regalo un pequeño texto de Edith Stein, que aparece al final del capítulo que antes os recomendaba. Es por este descanso por el que merece la pena sufrir murmuraciones y desasosiegos, sufrir incluso la falta de paz, porque sabes que tu reposo está en Otro:

«Hay un estado de descanso en Dios, de total suspensión de toda actividad del espíritu, en el que no se pueden concebir planes, ni tomar decisiones, ni siquiera llevar nada a cabo, sino que, haciendo del porvenir asunto de la voluntad divina, se abandona uno enteramente a su destino. El descanso en Dios es algo completamente nuevo e irreducible. Antes era el silencio de la muerte. Ahora es un sentimiento de íntima seguridad, de liberación de todo lo que la acción entraña de doloroso, de obligación y de responsabilidad. Cuando me abandono a este sentimiento me invade una vida nueva que, poco a poco, comienza a colmarme y, sin ninguna presión por parte de mi voluntad, a impulsarme hacia nuevas realizaciones».

Vuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz Aragoneses (rosaruizarmi@gmail.com)

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