Comentario al Evangelio del

Juan Carlos Martos, cmf

En la Eucaristía de hoy, la Palabra de Dios nos va  a mostrar dos anunciaciones: La de Sansón y la de Juan el Bautista. Esta última forma un díptico con la anunciación de Jesús que será proclamada mañana. Las tres anunciaciones entroncan con otras del Antiguo Testamento (Isaac, Samuel) y repiten temas tan sugerentes como la esterilidad de las madres, la intervención de Dios, la turbación, la grandeza futura del niño que nacerá… Sus claros paralelismos y contrastes, al estilo de las “vidas paralelas”, nos  ayudan a entender el adviento, nos enseñan a reconocer cómo lleva a cabo Dios sus planes. Meditándolas encontramos claves que nos sirven de guión en el camino del adviento:

  • El artesano de la salvación es Dios, solo Dios. Hay un interés en los autores bíblicos por resaltar que es Dios que el que salva. No nos podemos salvar a nosotros mismos. Este principio hace añicos nuestros esquemas lógicos y nuestras previsiones razonables. Cuando Él irrumpió en la historia hizo saltar por los aires la esterilidad y la vejez de dos mujeres en paralelo: Manóaj e Isabel. Ante ese Dios que aparece en medio de los hombres, los imposibles se desploman. Serán incapaces de reconocerle quienes ya no están dispuestos a sorprenderse por nada, ni decididos a volver a creer en algo.
  • La vejez puede ser también mala consejera. La acumulación de experiencia humana y religiosa suele ser garantía de sabiduría o de espiritualidad. Pero a veces lo es de ceguera, como en el caso de Zacarías. Sus años de servicio al templo no le proporcionaron clarividencia, aún frecuentando un ámbito sagrado por largo tiempo. Los años acumulados, pues, pueden convertirse en un serio impedimento para no creer en lo nuevo. Por ello, se ha llegado a decir que la vejez no es el tiempo más apropiado para la conversión. Hay envejecimientos que engendran escepticismo y desconfianza. Y cuando asoma un brote de vida, inmediatamente lo aplasta ese incrédulo que los humanos solemos llevar dentro. Cuidado, pues. La vejez y la experiencia, en vez de ventana, pueden convertirse en rincones oscuros y cerrados.
  • Creer es confiar. Tener fe no se reduce a razonar, aun cuando es cierto que «para entrar en la Iglesia hay que quitarse el sombrero, no la cabeza» (Y G K. Chesterton). Zacarías retó al ángel pidiendo razones: ¿cómo estaré seguro de eso? Su actitud calculadora y desafiante buscaba seguridad en los signos. Olvidaba que quien le estaba hablando lo hacía en nombre de Alguien que puede darle la vuelta a las situaciones de la manera más sorprendente e imprevisible. No se puede vivir en adviento sin creer. No se puede creer sin confiar. Y, aun cuando la esperanza y el miedo sean inseparables, no se puede confiar sin esperar.

Juan Carlos Martos cmf

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