Comentario al Evangelio del

José Luis Latorre, Misionero Claretiano

Dice Isaías hablando al pueblo de Dios en el destierro: “Yo, el Señor, tu Dios, te agarro de la diestra y te digo: No temas, yo mismo te auxilio”. ¡Cuántas veces en la vida tenemos miedo a tomar una decisión importante, a un trabajo, a enfrentar a una persona, al fracaso, a luchar por algo, a cambiar de vida y de rumbo, a decir sí a Dios, a decir la verdad por las consecuencias que puede traernos…! Y en muchas ocasiones el miedo es tan grande que nos paraliza, nos acogota, nos estresa, nos produce tristeza, y muchas veces nos cambia la personalidad haciéndonos desconfiados, agresivos…

Y en esos momentos necesitamos escuchar a alguien que nos diga: “tú puedes, tú tienes cualidades para hacerlo; tienes que creer en ti mismo”. Pero también necesitamos escuchar a Alguien más grande que nosotros que nos diga: “Ánimo, hijo. Yo, tu Padre, estoy a tu lado, te tomo de la mano y te auxilio”. Y cuando el corazón escucha esta voz amable y fuerte se llena de esperanza y fortaleza, pues nuestro Padre Dios no quiere que vivamos con miedo y temor, sino con alegría y optimismo. El miedo nos quita las ganas de vivir, la alegría nos da energía y deseos de vivir.

Jesús también pronunció en muchas ocasiones estas palabras -“No tengas miedo”- que ayudaron a muchas personas a seguirle superando muchos obstáculos en su vida y a tomar decisiones importantes que cambiaron totalmente su existencia. Incluso muchos soportaron las afrentas, la humillación, el destierro, y hasta el martirio. Y descubrieron un nuevo horizonte en sus vidas y la alegría de trabajar por hacer un mundo mejor.

¡La fe en la Palabra de Dios mueve montañas! Y es cierto. En mis años de Misionero cuántas veces me he maravillado de la fe de los pobres, pues ellos me han enseñado a ser fuerte, saber esperar y confiar en Dios que todo lo puede, pero siempre con alegría. He palpado la confianza de la gente en la oración como fuerza poderosa contra las dificultades y problemas de la vida. Con qué convicción la gente me decían: Rece, Padre, por mí o por tal problema. Ciertamente los pobres nos evangelizan.

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