Comentario al Evangelio del

Julio César Rioja, cmf

Queridos hermanos:

El Adviento también es tiempo de consolación: “Consolad, consolad a mi pueblo, hablad al corazón” nos dice la primera lectura. “Una voz grita en el desierto: preparadle el camino al Señor”, tanto el heraldo de Sión como el evangelista Marcos, pretenden anunciarnos una Buena Noticia. Esa buena noticia es el nacimiento de Jesucristo que prepara Juan el Bautista. Y la prepara en el desierto, lugar de encuentro con Dios, de prueba, de purificación de la libertad y de la fe. La Palabra de Dios llega este domingo como un grito de esperanza, de alegría, de consuelo, de salvación. Se grita a voz en cuello: “Mirad: el Señor llega con poder y su brazo manda. Mirad: viene él con su salario, y su recompensa lo precede” (primera lectura). “Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia” (segunda lectura). “Detrás viene el que puede más que yo. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo” (evangelio).

Comienza una época nueva, es hora de la partida, del grito de esperanza, la palabra de ánimo y de las voces que se dejan oír bien claras, por encima del pesimismo y la frustración humana. Es hora de creer en el cambio, en la renovación, en la capacidad de superación del hombre, en la fuerza del amor, en el poder transformador de los pobres y de los débiles, es hora de la conversión. Como nos dice el Bautista hay que cambiar de vida, preparando el camino, enderezando lo torcido y rellenando los baches del sendero. Ya sabemos que la palabra conversión significa cambio de rumbo: un cambio radical en nuestra forma de pensar, sentir y actuar. Es hora de “confesar los pecados” reconociendo interiormente ante nosotros y ante la comunidad la doblez y la corrupción de una serie de actitudes escondidas detrás de nuestras apariencias de cristianos. Dios va a nacer, el Señor viene, es preciso mojarse, bautizarse.

Pero no sólo en el agua, sino en Espíritu, nadie se hace cristiano durante un rito de pocos minutos, el cristiano se hace a lo largo de los años dejándose llevar por el viento impetuoso del Espíritu. Y se hace si, transformándose a sí mismo, transforma también el mundo y la sociedad. La mística cristiana es un recorrido que une la conversión personal con la conversión social. Juan y el Adviento nos invitan también a la austeridad, en medio de tantos gastos de estos días: “Iba vestido con piel de camello, se alimentaba de saltamontes...”. La Iglesia y los cristianos debemos apostar por “una Iglesia pobre y para los pobres”, sería incongruente que el que nace en un pesebre nos sorprendiera no acordándonos de los necesitados. Nosotros esperamos una tierra nueva en que habite la justicia.

Hagámonos heraldos del Evangelio, aunque no merezcamos “desatar las sandalias” del Otro, para que nuestros contemporáneos se encuentren con el Niño que nace, proclamémoslo en los nuevos foros, en las plazas y en los lugares donde los hombres buscan respuestas a sus interrogantes y a sus inquietudes. Es urgente pasar de un discurso moralista, al consuelo, a una conversación que hable a las personas de hoy sobre Dios, sobre ese Dios familiar, cercano, Padre, pobre… y cuya experiencia de conversión produce cambios importantes en la convivencia humana y en cada hombre. Él: “como un pastor apacienta el rebaño, su mano los reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres”, lo dicho, seamos heraldos de Buenas Noticias.

PD: Sugiero una reflexión de Tagore que puede servir para la homilía u otro momento de la Eucaristía.

Él viene, viene, viene siempre
¿No oíste los pasos silenciosos?
Él viene, viene, viene siempre.
En cada instante y en cada edad,
todos los días y todas las noches,
Él viene, viene, viene siempre.
He cantado en muchas ocasiones y de mil maneras;
pero siempre decían sus notas:
Él viene, viene, viene siempre.
En los días fragantes del soleado abril,
por la vereda del bosque,
Él viene, viene, viene siempre.
En la oscura angustia lluviosa de las noches de julio,
sobre el carro atronador de las nubes,
Él viene, viene, viene siempre.
De pena en pena mía,
son sus pasos los que oprimen mi corazón,
y el dorado roce de sus pies
es lo que hace brillar mi alegría.

(Rabindranath Tagore)

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