Comentario al Evangelio del

Oscar Romano, cmf

A la paz de Dios:

Cambio de tercio. Se acabó el banquete. La vida está en la calle. Jesús mira para atrás (no era frecuente: siempre miraba para adelante y hacia arriba; sería, digo yo, para tomar impulso). O para ver el camino recorrido, o para ver quiénes le seguían. Y preguntarles el porqué. Eso vale también para nosotros: qué razones nos animan al seguimiento.

No le debió gustar mucho lo que vio (no sé cómo sería hoy), porque se puso serio, muy serio. Serio, duro y exigente. Para ser discípulo todo que ponerse en segundo lugar. Lo primero es lo primero y lo otro va después. Familia, amistades, uno mismo… siempre son actores secundarios. El protagonista, Jesús: ¿Es Jesús lo primero en vuestra vida? ¿Qué papel juega: protagonista o secundario de lujo?

Seguir a Jesús es tomar la cruz (¡ojo con esta expresión!: es fácil que nos desviemos hacia una comprensión tremendista y pelín amargada del cristianismo). Vamos tras él con toda nuestra vida, luces y sombras, pero él es lo primero.

Vienen luego dos parábolas sorprendentes. Lo digo porque caen igual aquí que en otros lugares del evangelio. Creo que si ocupan este sitio es porque nos invitan a reflexionar sobre nuestras fuerzas y confianzas. ¿En qué nos sustentamos, dónde hacemos pie? ¿En nuestras fuerzas, en la fuerza de su palabra?

La experiencia nos dice que cuando nos fiamos demasiado de nosotros mismos al final nos parecemos demasiado al de la torre o al de la batalla.

Por eso, concluye, fíate de mí. Solo así serás discípulo.

Vuestro hermano y amigo
Óscar Romano, cmf.

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