Comentario al Evangelio del

Julio César Rioja, cmf

Queridos hermanos:

No sabemos muy bien qué cosa es la vida, mucho menos sabemos sobre la muerte. Ella siempre nos pilla a traición aunque la veamos venir, nos rompe, nos parte, nos lanza preguntas difíciles de responder. En ocasiones nos invita al grito, a protestar contra Dios, a la rebelión… La muerte es “la piedra de toque” de la vida, nos deja sin saber. Hoy, que solemos ir al cementerio a recordar a nuestros seres queridos, si ellos que ya saben, pudieran hablarnos, nos recordarían tres cosas sencillas.

Que hay que seguir viviendo y viviendo en profundidad: ellos ya no tienen tiempo, nosotros tenemos tiempo para decirnos las cosas, dar las gracias, pedirnos perdón, echarnos los piropos y las flores. Y es que las flores nos las tenemos que echar en vida, las flores después de muertos no valen para nada. Lo que Dios quiere es que seamos felices y hay que seguir viviendo aunque los que más queremos se vayan yendo, eso es lo que querrían que hiciéramos. Como canta Azúcar Moreno: “sólo se vive una vez”, aprovechemos nuestro tiempo no para vegetar o estar más muertos que los muertos, sino para seguir creando vida y espacios verdes a nuestro alrededor.

De bien nacidos es recordar a los que se han ido: he cambiado un poco el refrán que propone: “ser agradecidos”. Fueron tantas las palabras que nos dijeron, las ilusiones, sonrisas, gestos que nos transmitieron, que tenemos que recordar a aquellos que vivieron setenta, cincuenta, diez años, con nosotros. Incluso los que no creen quieren que alguien lleve su foto en la cartera y digan: este era mi padre/madre, mi marido/mujer, mi hermano/a y se les recuerde. Al final, como dice con gracejo el Papa Francisco: “yo no he visto un camión de mudanzas detrás de ningún cortejo fúnebre”, no nos vamos a llevar nada. Lo que quedará de nosotros será la capacidad que hayamos tenido de amar, esa es la herencia que dejaremos. Al final, Dios nos mirará el corazón y verá si lo tenemos lleno de nombres y apellidos de personas a las que hemos querido.

La muerte nos abre una ventana grande a la resurrección: no sabemos lo que hay más allá, pero nos fiamos, como cuenta aquella historia: “Antes de nacer estábamos muy bien en el vientre de nuestra madre y algunos se resistían a salir, parecían preguntarse: ¿habrá alguien que me alimente, me acoja, me de cariño y calor cuando salga fuera?, pero tuvimos una madre o padre que nos acarició y nos dio de comer. Lo mismo pasa con la muerte, nos resistimos e incluso tememos y nos hacemos preguntas, pero siempre al otro lado hay un Padre/Madre que nos acoge; y lo llamamos Dios”. En eso consiste la resurrección, nosotros creemos, sabemos, esperamos, que a nuestros difuntos vamos a volver a encontrarlos, fueron tantas las cosas que no les dijimos, las cosas que no dio tiempo a compartir, que tenemos que estar con ellos. Creemos en ello porque sabemos que Jesús fue el primero, lo sentimos vivo, sin creer en la resurrección, nos diría San Pablo, vana es nuestra fe.

Pues en este día de los difuntos, sigamos viviendo en profundidad, recordándolos, esperando, sigamos haciendo vida a aquellos que se fueron. Que así sea, que sea así, será seguro, como Dios quiera.

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