Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez, cmf

 

      En los tiempos de Jesús, como en los actuales, todos andamos pidiendo signos. Signos que nos confirmen en la fe. Signos que nos descarguen de la fatiga de creer. Signos que nos liberen del riesgo de creer. Y, claro, resulta que no los encontramos. 

      En los tiempos de Jesús, la gente pudo ver a Jesús en vivo y en directo. Ni siquiera eso les hizo creer a todos. Por la sencilla razón de que Jesús no iba con una aureola de metro y medio en torno a la cabeza. Ni llevaba esos pelos tan repeinados y ese miran tan dulzarrón de algunas estampas. Ni una túnica que demostrase sin lugar a dudas que era hijo de Dios. Iba normal. Caminaba por los caminos de polvo de la Judea de entonces. También dormía, comía, etc. De vez en cuando se mostraba muy irónico con los que le criticaban. A veces criticaba abiertamente y con dureza a fariseos y saduceos. No me invento nada. Todo está en los Evangelios. 

      Los que creyeron fue porque asumieron el riesgo de creer. Y decidieron seguirle. Con sus dudas y vacilaciones. Con unos cuantos pasos atrás. Y a veces ninguno o pocos hacia delante. Con proclamaciones altaneras de fidelidad y traiciones oscuras a la vuelta de la esquina (piénsese en el apóstol Pedro). Pero creyeron. Y le siguieron. 

      Hoy nosotros no tenemos más signos que los signos débiles de la vida ordinaria. Una Iglesia formada por personas muy normales y en ocasiones realmente mediocres. Una institución que ha traicionado una y mil veces el Evangelio del que es portadora. Pero una comunidad formada por personas que, con sus debilidades y limitaciones, sigue creyendo. El signo que tenemos es la religiosa a que conocemos, el catequista, el señor o la señora que ayudan al vecino, el cura de la parroquia, el obispo que sirve a los pobres. Todos esos son nuestros signos. Todos son ambiguos. Todos nos exigen asumir el riesgo de creer. Todos desvelan y ocultan a Jesús al mismo tiempo. Es nuestra opción: creer y confiar. Y vivir comprometidos con el Reino de que nos habló Jesús. Y, en ese momento, nosotros nos convertimos también en signos para nuestros hermanos y hermanas. Así se va haciendo camino. Así avanza el Reino. 

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