Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez, cmf

 

      Hay quien critica mucho a la Iglesia. Desde fuera y desde dentro. A veces con razón y a veces sin ella. No tenemos un pasado muy glorioso. Estudiar historia ilumina muchas situaciones y nos hace ver con claridad los errores cometidos. Nuestros obispos no han sido siempre lo que deberían ser como sucesores de los apóstoles. Hubo siglos en los que se parecieron más a señores feudales. También tenemos la historia de la inquisición. Y muchas otras. 

      Pero hay algo que nadie puede negar a la Iglesia. Y es que siempre, a lo ancho y largo de su historia ha habido cristianos que se han entusiasmado con el Evangelio y han hecho vida la parábola de Buen Samaritano. Cuando digo cristianos me refiero a laicos y laicas, religiosos y religiosas, sacerdotes y obispos. De todo. Es como si a lo largo de los siglos de nuestra historia hubiesen conseguido mantener viva una llama de fidelidad a lo mejor del Evangelio. Porque en el amor fraterno, en la atención al más necesitado, en els servicio callado y humilde al otro, está el centro del mensaje de Jesús. 

      Podría llenar estas líneas de nombres pero sería inútil. Siempre me haría falta más espacio. Y eso para poner sólo a los conocidos. Porque ha habido muchos, muchísimos, que lo han hecho de forma anónima y, por eso, no han pasado a la historia. Ni sus nombres ni sus hechos. Es más. Hoy día, ahora, está sucediendo. Hay muchos que están dando generosamente todo por la vida y el bienestar de los demás, especialmente de los que sufren. 

      De alguna manera podríamos decir que toda esa gente, tan llena de buena voluntad y generosidad, son los que nos salvan a los demás. Sin ellos, nuestra Iglesia se hundiría en el barro de la historia, de sus propios errores, infidelidades, pecados, mistificaciones. Ellos son los que mantienen a flote esta barquilla, tan humana y, por eso, tan frágil. Ellos y ellas son presencia viva del espíritu de Jesús en nuestra historia, en nuestro hoy. 

      Vamos a dar gracias por ellos. Vamos a celebrar la Eucaristía con gozo, sintiendo su presencia en medio de nosotros. Cuando ellos comparten el pan y la vida con los necesitados, hacen más real y más viva nuestra Eucaristía. Ellos nos animan a seguir caminando y nos llenan de gozo. Aunque los más no merezcan titulares en los medios de comunicación, son lo mejor de nuestra Iglesia, los mejores testigos y nuestros ejemplos a seguir.

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