Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez, cmf

 

      Hoy celebramos Santa Teresa del Niño Jesús. Ha sido una santa que ha tenido mala suerte. Sobre todo, cuando ha pasado a la devoción popular como santa “Teresita” y de lo más que se ha hablado ha sido de su camino de la “infancia espiritual”. Todo sonaba a nubecillas de color rosa con angelotes gordezuelos. Todo parecía un camino de rosas. Y su vida se contaba así. Una pena

      Porque su vida fue muy dura. Tuvo que batallar en su familia para poder entrar en el Carmelo. Batalló duro. Hasta que lo consiguió. Luego, su vida allí no fue precisamente fácil. Algo tuvieron que ver en ella cuando la hicieron maestra de novicias. Se conoce que algo podía enseñar. En su camino, muy infantil quizá pero más en las formas que en el fondo, dice ella misma que hubo un momento en que le empezaron a sobrar todos los libros y lo único que la ayudaba era el Evangelio. Y decidió vivirlo hasta el fondo allí donde le tocó vivir: en una comunidad concreta, un grupo de mujeres en un monasterio cerrado. Y con esa misma entrega vivió su enfermedad. Murió muy joven y de tuberculosis a los 24 años.

      Nada más que una historia y una reflexión. La historia. Hubo una hermana de su comunidad que, a la muerte de Teresa, declaró que había sido una a las que más había querido Teresa.  Años después, cuando se publicó su “Historia de un Alma”, descubrió con sorpresa que en ella Teresa hablaba de ella. Era la hermana por la que sentía una antipatía natural pero que se esforzó siempre para ofrecerle sus mejores palabras y hasta, cuando estaban en silencio, la mejor de sus sonrisas. ¡Eso es construir fraternidad más allá de nuestros sentimientos! ¡Eso es Evangelio!

      Y una reflexión sobre uno de sus textos. Comenta Teresa que a veces se siente como un águila capaz de volar hasta lo más alto, hasta cerca del sol que la ilumina y calienta. Pero que otras veces se siente como un pollo mojado por la lluvia. No ve el sol porque está tapado por las nubes y tiembla de frío. Pero, y aquí viene lo bueno, que incluso en esos momentos de frío y tiritona, sabe que, más allá de las nubes, está el sol. Lo sabe. Lo cree. Y confía. Y cree. Que nos acordemos del pollo mojado y de su fe, en nuestros momentos de frío y hundimiento. 

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