Comentario al Evangelio del

Rosa Ruiz, misionera claretiana

“Esta casa es una ruina”. Así se titulaba una película cómica hace años: la mansión más hermosa de tus sueños, llena de luz, de color, de detalles, de lujo incluso… en un abrir y cerrar de ojos se convierte en un fraude. Todo era para fachada. La madera preciosa carcomida por dentro. El mármol falso. Las puertas desencajadas…
¿Por qué cuento esto? Porque pasó, pasa y seguirá pasando. No siempre la apariencia responde a la verdad más profunda, ni de las cosas ni de las personas. Y antes o después, con gran frecuencia, hay que elegir: o mantienes la apariencia o reconstruyes por dentro (pintas, apuntalas, derribas y levantas de nuevo, purificas…) Y claro, pareciera que mantener las apariencias es menos costoso. Seguramente lo es, pero a la larga, el precio que se paga cuando la “casa en ruinas” te viene encima, es espantoso.

Todos necesitamos personas como Jesús que nos miran y ven. Ven más allá del encalado de la fachada, de mis buenas palabras o mis torpes intenciones. Nos miran y ven. Y no sólo eso. Ven y nos dicen lo que hay. Luego será tarea nuestra decidir qué hacemos con ello, pero al menos no podremos decir que no nos habíamos dado cuenta.

Personas que miran, ven y dicen. Como Dios, el Dios de la Vida, que no soporta la mentira ni la opulencia hipócrita pero nos ama y nos sigue creando y recreando por dentro, si le dejamos para que nuestra belleza más honda no sea un sepulcro blanqueado.

Santa Mónica, madre de san Agustín, que tan bien supo mirar y ver y decir a su hijo, es el mejor ejemplo y una gran intercesora nuestra. Que ella nos ayude y el Señor ponga a nuestro lado personas capaces de amar nuestra ruina porque ven en ella nuestro mejor yo.

Vuestra  hermana en la fe, Rosa Ruiz, misionera claretiana

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