Comentario al Evangelio del

Rosa Ruiz, misionera claretiana

Si ayer nos dejábamos “tocar” por la indignación de Jesús y la ceguera de los hipócritas, hoy parece que el evangelio quiere subrayar otra dimensión de los hipócritas: la desproporción, la falta de mesura o equilibrio entre el modo de mirar a los otros y de mirarse a uno mismo, las obsesiones y manías que cada uno almacenamos en nuestras tripas y en nuestro corazón: ¡cuánto daño podemos hacer filtrando “mosquitos” en un mundo de camellos!, ¡cuánto dolor causamos cuando ponemos la medida de una persona en pequeñeces y minucias pero desestimamos lo oculto, la intención, el deseo, ¡la vida!

Vivimos un mundo lleno de copas y platos relucientes pero atiborrados de robo, desenfreno, injusticia, mentiras, abusos, violencia… Cierto. Posiblemente, ni más ni menos que había en época de Jesús. No caigamos en diatribas que “ajustician” nuestro mundo, a los políticos, a los dirigentes religiosos, a nuestros líderes o jefes… mientras nos mantenemos ciegos con nuestro propio interior. ¿Acaso no es otro modo de hipocresía? ¡Cuánto profeta para los otros incapaz de verse a sí mismo quebrantando el derecho, la compasión y la sinceridad!

Hagamos nuestra hoy la sencilla oración que nos ofrece la primera lectura: “Que nadie en modo alguno os desoriente”, desea Pablo. Preciosa oración para pedir por quienes queremos (y por quienes tendríamos que querer más, quizá…): que nadie te desoriente, que ningún guía ciego te aparta de tu más profundo centro, de tu vida más transparente, de tu mejor “tú”. Porque ahí habita Dios contigo. Ahí te espera y te acompaña.

Oración que puede ser también una súplica personal e insistente para nuestro corazón: “Señor, que nadie me desoriente, que nadie me aparte de ti, que no me ciegue, que no me engañe… que vea”.

Vuestra  hermana en la fe, Rosa Ruiz, misionera claretiana

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