Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez, cmf

 

      Hoy sigue el Evangelio con el tema de la salvación. Es la continuación del texto de ayer. Es que resulta que el hombre que preguntó a Jesús era rico. Por eso se fue asustado cuando Jesús le dijo que tenía que “dejarlo todo”. ¿Cómo iba a dejarlo todo si ahí había puesto su seguridad? Él no quería dejar nada sino agarrar más. No le bastaba lo que tenía (ni las cosas ni el título de cumplidor oficial de todas las normas y leyes). 

      Quería más. Quería asegurarse la salvación. Porque, con una cierta lucidez todavía, se daba cuenta de que todo eso que tenía no valía para nada. Es que, en el fondo, la cuestión no es de tener más o menos sino de la actitud, de la relación que uno tiene con las cosas. El que tiene para compartir es feliz con lo que tiene y con lo que da. Y sabe que lo más importante es la relación con sus hermanos. Sabe que lo que tiene es accidental, accesorio, secundario. 

      Pero, como dice Jesús, es difícil que un rico entre en el Reino. Ya tiene tanto... y no quiere soltarlo. Y resulta que al Reino se entra cuando abrimos las manos, reconocemos que están vacías y nos las llenan los demás de amor, de cariño, de fraternidad. 

      Dar ese paso no es fácil. Nos parecemos a esos animales que se pasan la primavera y el verano guardando en sus madrigueras comida para aguantar el invierno. Nosotros hacemos algo parecido. Guardamos, conservamos, atesoramos, pensando que así venceremos a la muerte. Y no. Claro que no. Nos equivocamos. 

      Jesús nos abre un camino nuevo. Pero con una condición: dejarlo todo. A partir de ahí, hay que ponerse en camino al encuentro del hermano. Ahí se empieza a fraguar el Reino, hecho de justicia y fraternidad, amalgamadas con amor de Dios. A partir de ahí comenzamos a descubrir las verdaderas riquezas, las que valen la pena, las que no se guardan en bancos ni en cajas fuertes. Son las riquezas que nunca nos van a poder robar porque no están en bolsas sino en el corazón. Son las riquezas que no dan preocupaciones sino satisfacciones de verdad. Son las riquezas que se encuentran al dar la mano al hermano y comenzar a caminar juntos. Ahí se siente vivo el Reino de que hablaba Jesús. Y se alcanza la verdadera felicidad aún en medio del dolor. 

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