Comentario al Evangelio del

Julio César Rioja, cmf

Queridos hermanos:

El evangelio de este domingo es duro y sorprendente, parece estar en contradicción con lo que creemos es uno de los principios de Jesús: amar a todos los hombres sin distinción. Jesús no atiende a los ruegos de una mujer que no pertenecía a su pueblo ni a su religión: era una cananea. Llama la atención que no contento con eso, Jesús se justifique diciendo: “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”. Como no bastaba para convencer a la mujer la contesta duramente: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”, ella repuso: “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Finalmente vista la fe de aquella mujer, le concede lo que pedía.

El texto refleja muy bien la situación de la primitiva Iglesia, que le cuesta abrirse a los pueblos paganos, (recordemos la controversia entre Pedro y Pablo). No se tenía en cuenta la primera lectura de Isaías que escuchamos hoy: “a los extranjeros los traeré a mi Monte Santo…”, el peso de los prejuicios, la raza, la religión y las costumbres era demasiado fuerte. En este sentido el relato puede ser visto como una ocasión de presentar la universalidad del Reino, a pesar de la lucha de Jesús con aquella mujer.

Y es qué, para comprender este evangelio, debemos empezar por el final. Jesús cura a la hija de aquella mujer, vista su gran fe. De no mediar la fe, no había nada que hacer, Jesús no quiere ser considerado como un milagrero sin más, quiere entablar una relación distinta con quienes lo sigan o pidan algo. El Reino llega a todo hombre que se abre a la fe, la aceptación de la mujer se fundamenta en su actitud de fe. Jesús termina el relato con una alabanza que curiosamente destina a esta mujer cananea y en otro lugar a un centurión romano: “Mujer, qué grande es tu fe”. No es casualidad que la confianza en Dios la encontremos también fuera del mundo judío y cristiano.

La universalidad del Reino no debemos confundirla con la universalidad de la Iglesia, no es cuestión de números, sino de gente que vive una experiencia de Dios, puede parecernos raro que el Reino se manifieste también fuera de nuestras estructuras, esquemas, maneras de pensar. Dios tiene sus caminos para que ninguna “cananea”, (pagano, alejado, secularizado y otras expresiones que usamos entre nosotros), se quede con las manos vacías teniendo una “fe tan grande”. No creamos que porque nos llamamos cristianos, todo está resuelto en nuestra pertenencia al Reino. La fe es dejar que Dios obre como mejor le plazca, entretanto, nosotros nos dedicaremos a vivir el evangelio y reconocer en otros, aunque no participen de nuestras celebraciones y organizaciones, la presencia del Reino.

Esta mujer fue insistente, se puso de rodillas y aceptó los reproches, escuchó de boca de Jesús una de las frases más duras del evangelio, pero “venció” a Jesús, se rompieron las barreras de la religión, la raza, el género, se universalizo el Reino. Como diría San Pablo: “No hay judío ni griego; no hay ni esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3,28).Y Él, la concedió su gracia y el cumplimiento de sus deseos: “En aquel momento quedó curada su hija”.  

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