Comentario al Evangelio del

Pedro Belderrain, cmf

Queridos hermanos:

Ante todo recibid un saludo bien cordial ahora que empezamos a compartir el eco que la Palabra producirá en nosotros esta semana. Decir agosto no es decir gran cosa; unos estamos en pleno verano, otros en invierno. Todos, eso sí, hemos superado ya la mitad de este año de gracia 2014 y quizá estemos algo cansados de caminar. La Iglesia, en nombre del Señor, lleva semanas alimentándonos con fragmentos del evangelio según san Mateo, que esta semana será también nuestro nutriente principal. Como casi siempre nos acompañan quienes ya se han abierto a la Palabra y han vivido conforme a ella: hoy hacemos memoria de Juan María Vianney; durante la semana recordaremos a Domingo de Guzmán, a Teresa Benedicta de la Cruz… y por supuesto a María de Nazaret. Estemos o no cansados, el Señor nos acompaña siempre y de mil modos.

Puede que si hoy comparten ustedes la Palabra con otras personas no todas hayan oído en la eucaristía el mismo evangelio. La Iglesia abre la puerta a que no volvamos a proclamar el que se nos ofreció ayer en la liturgia del decimooctavo domingo ordinario. Es probable que escuchemos distintos trozos del capítulo catorce del relato según san Mateo: 14, 13-21; 14, 22-36. El primero narra una de las multiplicaciones de panes realizadas por Jesús; el segundo la experiencia de los discípulos zarandeados en la barca, temerosos, a los que el Maestro invita a no tener miedo. El evangelista enmarca ambos episodios cuando Jesús acaba de tener conocimiento de la muerte violenta de Juan el Bautista. El Maestro parece sentir una llamada especial a intensificar la formación de sus discípulos.

Aprovechemos nosotros -ahora, en 2014- esa formación.

Santo Cura de Ars, tú que aprendiste tanto a los pies de Jesús ayúdanos a hacerlo también nosotros.

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