Comentario al Evangelio del

Fernando González

Queridos amigos:

Durante estas semanas veraniegas, muchas personas aprovechan para hacer el camino de Santiago. Hacer “el camino” se ha convertido en una práctica habitual. “Oye, ¿y tú todavía no has hecho el camino?”. El miércoles recordamos que hasta Brígida de Suecia lo hizo hacia mediados del siglo XIV. He oído muchos testimonios sobre la eficacia espiritual de esta práctica en tiempos como los actuales.

Pero hoy, con camino o sin él, la liturgia nos propone centrar nuestra atención en la figura de "Santiago, apóstol", el primero de los Doce en derramar su sangre por el Maestro, en beber su cáliz. El mensaje es nítido. Seguir a Jesús no significa tanto repetir sus palabras, o hacer sus milagros, cuanto dar la vida como él la dio. Por tanto, en el discernimiento acerca de qué es cristiano, el criterio definitivo es el de “dar la vida”. Sigue verdaderamente a Jesús quien entrega su vida.

Recuerdo cómo hace ya algun tiempo me decía el prior de la Trapa de Venta de Baños (Palencia) que a menudo desfilaban por el monasterio personas que “saben mucho” de oración, “mucho más que yo”, reconocía él. Han leído a Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Se han asomado a los místicos alemanes e ingleses del XIV, sintonizan con prácticas budistas ... y, sin embargo, sienten que no “entran en el Misterio”. Él me decía, con una sonrisa pícara, que el asunto no consiste en saber mucho sino en “torcer el corazón” hacia el estilo de vida de Jesús. Pretender “entrar” en su misterio y, al mismo tiempo, llevar una vida lejana a la suya es imposible.

Santiago es de los que sigue a Jesús porque muere como él. Esto hay que trabajarlo despacio para que no se indigeste.

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