Comentario al Evangelio del

Fernando González

Queridos amigos:

¡Menos mal que la semana termina con un poco de esperanza! Amós, cansado ya de meter tanto el dedo en la llaga, adopta hoy un tono positivo que nos ayuda a afrontar el futuro de otra manera: "Haré volver a los cautivos de Israel". El guión profético es siempre el mismo. Primero se mete miedo en el cuerpo, se ponen los motores al máximo, y, cuando el personal está hecho polvo, entonces vienen las promesas y los halagos. No soy nadie para enfadarme con Amós, pero uno acaba un poco harto de este recurso teatral. Y, sin embargo, la vida nos muestra que toda patria es un exilio superado, que toda alegría es una tristeza vencida, que toda paz es una guerra terminada. A esto, en lenguaje cristiano, lo llamamos "misterio pascual". Cuesta hacerse a la idea de que así es como avanza la vida verdadera.

En el evangelio también se respira aire de novedad. Los "amigos del novio" no guardan luto sino que se alegran con el vino nuevo de la fiesta. El novio representa la irrupción de lo nuevo.

¿Cuántas veces habéis tenido la impresión de que todo lo que tiene que ver con nuestra fe parece, más bien, viejo, ajado, como fuera de este tiempo? Es quizá el peso de una tradición multisecular. Pero lo mejor es que siempre, siempre, bajo las cenizas de muchas cosas envejecidas, están siempre las brasas de la novedad. Cada vez que un hombre o una mujer se estremecen ante las palabras de Jesús, es como si naciera un mundo nuevo.

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