Comentario al Evangelio del

C.R.

Queridos amigos:

Todas las generaciones, sin interrupción alguna, seguimos llamando a María bienaventurada. La celebración de la fiesta del Inmaculado Corazón de María nos hace volver los ojos, en silencio estremecido, hacia lo que ella guardaba en su corazón. Repasemos su fe y su amor hasta aprenderlas de memoria –un francés diría “par coeur”, “a través del corazón”-. Acerquémonos hoy a ese núcleo íntimo, que tanto contiene y tanto expresa, al que, con lenguaje bíblico, llamamos corazón. No cedamos a la inercia, al descuido o a la superficialidad. Al colocarnos junto a María sentiremos cómo ella a su vez nos pone junto a Jesús.

En el corazón de María encontramos, ante todo, dos excesos: El exceso del amor loco de Dios que se vuelca hacia ella con desmesura: “Bendita,... el Señor está contigo”. Y el exceso de la confianza de María que se rinde a Él por entero: “Se haga en mí tu voluntad”. La confluencia de estos dos excesos hace de María la Mujer por excelencia, la profecía de humanidad. Ser hombre o mujer será siempre una forma deficiente de ser como María. En la bellísima página evangélica de hoy nos recuerda cómo ella une experiencia de la fe y encuentro humano. La fe no se vive pensando o estudiando, sino amando. Dos gestos concretos del corazón de María, mística de la acción, lo retratan:

  • El primero “salir” . Inmediatamente después de la Anunciación, María deja Nazaret y va aprisa a ayudar a Isabel. Su atrevido viaje está apremiado de urgencias. No se recluye en el recinto estrecho de la singular experiencia religiosa que acaba de tener. No permanece incurvada relamiéndose las mieles místicas de Nazaret, sino que vuela en ayuda de Isabel. Deja a Dios por amor y, así, por amor también, recupera a Dios. El se esconde en aquella que la necesita. A los que somos gente de poca fe, y que estamos demasiado centrados en nosotros mismos y en nuestro reducido mundo, la contemplación de esta escena puede tener efectos terapéuticos. La salud de la fe pasa por el desasimiento. Un corazón nos lo dice. Se trata de des-ligarse (del yo) para ob-ligarse (con el tú). No debemos confundirnos.
  • El segundo “celebrar” . Cuando ya los gestos no son capaces de contener la verdad, entonces hablan los ojos y los labios de María con el más bello canto que haya podido hacer mujer alguna. Lucas pone la letra y María la música. Nos dice cómo es Dios, cómo somos los hombres, hacia dónde va la historia. Y en ese marco reconoce con humildad lo grande que Dios ha sido con ella. Asombra esta fe arrodillada y exultante. Eso es creer. Experimentar lo que se anuncia. Y anunciar la experiencia. Y la única forma de transmitirla es celebrando una fiesta. Porque es buena noticia, anuncio del Dios fascinante y maravilloso que encandila y conmueve.

En nuestras sociedades contemporáneas centradas en el propio yo de cada cual, los que tenemos a María por Madre y Maestra deberíamos ser, en medio de tantas prisas ambiciosas y egoístas, los últimos rebeldes. Y mantener así en la tierra esa raza de personas que, como María, dejen que Dios disponga de ellos y lo anuncien con la perfecta alegría.

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