Comentario al Evangelio del

C.R.

Queridos amigos:

Del evangelio brota una luz que nos es imprescindible para iluminar esta época que nos ha tocado en suerte vivir. Una de las características es la desorientación. Nos llegan tantas informaciones y tan diversas que a menudo no sabemos con qué carta quedarnos. Unos nos dicen que nuestros obispos son unos sinvergüenzas a los que haríamos bien en no hacerles el más mínimo caso. Otros insisten en que seguir a pies juntillas las indicaciones de nuestros pastores es la forma de ser fieles a Jesús. Para algunos, lo esencial es denunciar un día sí y otro también los trapos sucios de nuestra comunidad. Para otros, lo verdaderamente revolucionario es aprender a perdonar. Creo que los ejemplos se multiplican.

Jesús nos da un criterio de discernimiento claro. Las palabras no importan demasiado. Podemos ser víctimas de todos los engaños del inconsciente humano. Lo que cuenta son los frutos: "Por sus frutos los conoceréis". ¿Cuáles son los frutos de unos y de otros? No tenemos necesidad de inventar nada. Nos los ofrece Pablo en la carta a los Gálatas (5,19-23). Creo que es útil recordarlos. Cuando uno se mueve desde sus propios intereses, aunque use palabras altisonantes y supuestamente proféticas, lo que produce es: "impureza, desenfreno, idolatría, enemistades, discordias, rivalidad, ira, egoísmo, cismas, envidias ...". Cuando uno actúa realmente movido por el Espíritu de Dios sus frutos son: "amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe mansedumbre y dominio de sí mismo".

La indignación ética que nos producen algunos hechos (generalmente de los demás, no nuestros) es una reacción humana comprensible, pero no es necesariamente un fruto del Espíritu. A menudo, esa indignación es sólo fruto de nuestro resentimiento, de nuestras envidias, de nuestros fracasos acumulados, de nuestros miedos. Naturalmente esto no significa que no debamos denunciar lo que nos parece antievangélico. Lo que importa es siempre preguntarse "de dónde" arranca mi actitud (¿del odio, del miedo, del deseo de venganza, del narcisismo herido? ¿O, más bien, del deseo de verdad, de vida nueva, de libertad?) y "a dónde" conduce (¿a la autoafirmación, al ajuste de cuentas, a cerrar mi herida, a "dar a cada uno su merecido"? ¿O, más bien, al perdón, a un futuro más auténtico, a la comprensión?).

La vida está llena de ocasiones en las cuales tenemos que ensayar esta propuesta de Jesús. Y no siempre es fácil actuar como Él nos propone.

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