Comentario al Evangelio del

C.R.

Queridos amigos:

Sería interesante seguir a Pablo y Bernabé en sus correrías apostólicas por Listra, Iconio, Antioquía, Perge, Atalía, etc. pero, sin menospreciar los viajes de Pablo y sus colaboradores, centrémonos hoy en las palabras de Jesús.

Quizá nunca como en los últimos meses ha sido tan intenso, tan global, el deseo de paz en nuestro mundo. Existen instituciones de todo tipo dedicadas a trabajar por la paz.

¿Por qué es tan intenso este anhelo? ¿Por qué se ha producido esta enorme ola mundial? ¿A qué responde? ¿Cómo se entiende la paz? Es tan enorme el caudal de propuestas que no sabría encontrar respuestas acertadas a estas preguntas. Lo que percibo con claridad en este cuadro es la fuerza profética de las palabras de Jesús: La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo.

  • En estas palabras no se hace una llamada a “luchar por la paz” sino a “recibir el don de la paz”. Este es un cambio sustantivo. Hoy nos sentimos protagonistas de la lucha por la paz. Multiplicamos las manifestaciones, enarbolamos pancartas, inundamos internet de “sitios pacifistas” ... Todo esto es síntoma de un anhelo profundo, humano, pero ¿es éste el camino hacia la paz? Al mismo tiempo que luchamos por conseguirla, ¿nos esforzamos por acogerla? El gran don del Resucitado es la paz.
  • La paz de Jesús no parece coincidir con la paz del mundo. Esto resulta chocante. A menudo, nuestro concepto de paz equivale a ausencia de conflictos, a tranquilidad. Esta paz de “fin de semana tumbados en la arena” no es la paz de quien ha venido a traer fuego a la tierra. La paz que Jesús anuncia y la paz que Jesús es (Cristo es nuestra paz) es una realidad que va más allá de la ausencia de guerra: implica una forma de entender la vida y las relaciones con Dios, con los demás, con la naturaleza. Aislada de este contexto, se convierte en una caricatura y no en una buena noticia.

Os invito a terminar repasando el Decálogo de Asís para la paz. En él encontramos caminos concretos para hacer más pacífica y pacificadora nuestra vida cotidiana. Es la manera de convertir el don de Jesús en compromiso de vida.

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