Comentario al Evangelio del

C.R.

Queridos amigos:

¿Cuántas veces la religión ha sido causa de odio y de enfrentamiento entre los seres humanos? Las terribles experiencias negativas del pasado (y en algunas partes, del presente) y un progresivo descubrimiento de “lo humano” como criterio de convivencia nos han ido haciendo cada vez conscientes del valor de la tolerancia.

¿Qué significa, propiamente, la palabra “tolerancia”? El diccionario la define así: “Respeto o consideración hacia las opiniones y prácticas de los demás, aunque sean diferentes a las nuestras”. Es probable que a más de uno esta definición se le antoje demasiado pobre, pero, ofrece lo esencial. Tolerancia significa, pues, respeto hacia lo diferente.

¿Es este el grado máximo al que puede aspirar una sociedad? Por desgracia, en muchos casos de violencia crónica o de exclusiones, sí. Sin embargo, la tolerancia no es un fin sino un presupuesto indispensable para llegar más lejos, para abrirnos a un diálogo en el que podamos acoger la verdad desde nuestras diferentes perspectivas y, a partir de esa verdad, seamos más libres, más humanos.

Os preguntaréis a qué viene este rodeo. Es una manera de traer a nuestro presente la experiencia que Pablo y Bernabé viven en Listra. Después de curar a un hombre lisiado, la población, incluyendo los sacerdotes, se vuelca en ellos y los trata como si fueran dioses. Pablo y Bernabé podrían haberse aprovechado de este tratamiento. Y, sin embargo, desde el respeto a las creencias de la gente y desde su experiencia de la verdad de Jesús, no renunciaron a un anuncio vigoroso, a pesar de los problemas que podría acarrearles: Os predicamos la buena noticia para que dejéis los dioses falsos y os convirtáis al Dios vivo. Sólo se atreve a proclamar este mensaje quien ha puesto nombre a sus propios “dioses falsos”, quien ha descubierto en sí mismo sus peajes idolátricos.

A veces, la tolerancia actual de nuestras sociedades, la defensa a ultranza del “todo vale”, no es fruto del respeto al otro (y, por lo tanto, del amor) sino sólo del miedo a entrar en nuestro fondo oscuro y del deseo de que, dejando a los demás en su situación, nos dejen a nosotros en la nuestra.

De las palabras de Jesús que nos transmite el evangelio de hoy me siento atraído por estas: El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El amor a Jesús, la fidelidad a su palabra, nos van transformando hasta convertirnos en “casa de Dios”. La teología espiritual habla de la inhabitación trinitaria. ¿No os parece hermoso descubrir que estamos llamados a ser “casa de acogida” para aquellos que buscan a Dios? Nuestro cuerpo, nuestra persona entera, puede ser un “lugar de encuentro”.

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