Comentario al Evangelio del

C.R.

Queridos amigos:

Hoy, en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles se narra el episodio de Cesarea con el que  la iglesia primitiva experimenta algo esencial para su vida: la apertura. Supera los límites de la pureza ritual y, sobre todo, supera los límites étnicos. El Espíritu Santo no es patrimonio del grupo judío. Como había profetizado Joel, se derrama sobre toda carne. Por eso, la comunidad, después de escuchar el relato de Pedro, prorrumpe en una alabanza: También a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida.

Los evangelios de esta semana podrían ser denominados “evangelios Yo soy”. A lo largo de los próximos días, el evangelio de Juan nos va a proponer una catequesis sistemática sobre la identidad de Jesús, usando varios símbolos precedidos por la fórmula enfática “Yo soy”, que es una manera de aludir a la condición divina de Jesús.
Si tuviéramos que explicarnos a nosotros mismos quién es el Jesús en el que creemos, o si tuviéramos que proponérselo a otros, ¿qué podríamos decir? El fragmento de este lunes nos ofrece una respuesta muy comprensible hoy: Yo soy la puerta: quien entra por mí se salvará. Imaginemos un aprisco donde están reunidas las ovejas. Imaginemos al pastor que se echa a dormir atravesado en la puerta, de manera que hace al mismo tiempo las funciones de pastor que guarda y de puerta que protege. Jesús-puerta es una manera de hablar de Jesús como “camino de salvación”, como verdadero acceso a Dios.

¿Cómo podríamos dar testimonio de que esto es verdad, de que, cuando todo nos parece cerrado, de que cuando sentimos que “no hay futuro”, Jesús abre caminos, es el “acceso directo” al disco duro de Dios?
 

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